Miércoles, 25 Mayo 2016 21:01

Porque amo a mis hijos, les digo ¡No!

Recuerdo el día en que confrontamos el privilegio de nuestro hogar. Era un sábado de febrero en Texas, había pasado el día en el Houston Livestock Show y Rodeo.

Desde que los niños aprendieron a caminar, hemos asistido allí anualmente. Es una fecha que cada año esperamos (en especial este).

Nuestra familia estaba en su segundo año de servicio con una organización sin ánimo de lucro que capacita y discipula mujeres oprimidas y pobres en todo el mundo, muchas de ellas rescatadas de algún tipo de tráfico. Es un trabajo pesado. Esa mañana, la presión por recaudar fondos y la carga de relatos trágicos pesaba sobre nosotros. Un “día libre” juntos era exactamente lo que necesitábamos.

Tal vez por eso, la compra del primer par de botas de vaquero para nuestros tres hijos era importante. Sí, era un montón de dinero para los zapatos, pero más que eso, habíamos llegado a ser tan conscientes y sensibles a lo que teníamos y a la forma en que lo habíamos recibido. Se puede imaginar usted lo que pasó en nuestra camioneta camino a casa, cuando uno de nuestros hijos mostró su cara de ingratitud… dejamos de lado las botas.

Luego, le pedimos favor a nuestro hijo de quitar la maleza por tres días en la parte delantera de la casa y en el patio trasero, para que pudiera volver a salir de compras con nosotros, porque a veces los mejores regalos son para los que más trabajamos duro. Fue el peor día. Fue el mejor día. Fue el día en que nos dimos cuenta que tener una perspectiva global en nuestra casa había cambiado no solo la forma en que veíamos el mundo, sino que también estaba cambiando la manera en que criábamos a nuestros hijos.

El derecho aparece como una palabra de moda en nuestra cultura de hoy, pero ciertamente no es tema nuevo.

El camino de destrucción del egoísmo corre todo el camino de regreso a la Creación. Pero el derecho lleva al comportamiento egoísta y ensimismado un paso más allá: no solo queremos lo que queremos, sino lo que sentimos que nos merecemos. Y los padres empeoramos el problema cuando nos entregamos sin cesar a las demandas de nuestros hijos.

 En la Biblia encontramos ejemplos como José (estropeado por su padre, Jacob) y Absalón (indultado por su padre, David), así es como en las instancias modernas, las estrellas de televisión en realidad han estropeado niños ricos que sufren por su influencia, como se puede ver en las noticias que difunden los accidentes y los lamentos por las malas decisiones y acciones tontas de estos jóvenes que repercuten en grave impacto para las familias y las comunidades.

Cuando mi esposo y yo examinamos las actitudes y acciones de ese día, percibimos algunos signos de por qué nuestros niños estaban luchando y por qué ellos no eran los únicos culpables de esas luchas.

1. Lo quiero ahora. Los niños son impacientes. Vivimos en una cultura de la inmediatez, y la gratificación instantánea. Nuestro miedo a decir que no crece, porque nuestros niños están acostumbrados a conseguir lo que quieren y cedemos a sus demandas.

2. No quiero trabajar por ello. La pereza y la falta de ética laboral se fomentan cuando nos entregamos constantemente a nuestros hijos sin que ellos recurran a ningún trabajo.

3. Yo no tengo que limpiar mi desorden. Las consecuencias son parte natural de la vida, pero cuando convertimos en hábito limpiar y ordenar por nuestros hijos, ellos continuarán esperando que lo sigamos haciendo.

4. Lo quiero porque todo el mundo lo tiene. La naturaleza humana en nuestros hijos hace que comparen lo que ellos no tienen con otros que sí. Pero no podemos dejar que se queden en las comparaciones o nuestros hijos siempre verán sus manos vacías en lugar de llenas.

5. Espero que arreglen todos mis problemas. Hay una línea muy fina entre ayudar a nuestros hijos para bien y ayudar a su mal comportamiento. A veces, dejar que fallen es la mejor manera de darles una oportunidad de éxito.

Como padres, una de nuestras mayores responsabilidades es la de enseñar a nuestros hijos a ver y amar a otros sin darles todo lo que quieren. Escuchen, amamos a nuestros hijos. La primera vez que tomamos en brazos a ese pequeño paquete de cuatro kilogramos, queremos darle todo. Queremos comodidad, provisión y protección para nuestros hijos en todos los sentidos. Pero si nos quedamos en ese punto de crianza durante toda su infancia, no solo serán nuestros jefes, sino que probablemente también podrían convertirse en adultos muy infelices que tendrán dificultades cuando tengan que enfrentarse al mundo.

No es fácil. El hermoso privilegio de ser padres nos obliga a decir “no” y a tener presente que su infelicidad temporal cambiará a la satisfacción más adelante. Somos consistentes. Dejamos que fallen. Ofrecemos gracia. Vivimos por el ejemplo. Les ayudamos a trabajar para que consigan sus recursos. Meses después del incidente inicial, llevamos a nuestros hijos con nosotros a África a trabajar en refugios de maternidad sin ánimo de lucro. Nunca olvidaré el día magnífico en Kenia cuando nos sentamos en el césped rodeados de madres traumatizadas muy pobres, muy jóvenes. Reposando después del almuerzo, vimos bebés dando sus primeros pasos. Mi hija adolescente se sentó en el césped de la mano con Violeta, una de las madres adolescentes.

Aunque Violeta sufrió quemaduras en más del 30% de su cuerpo, entre otras violaciones horribles, ese día estaba sonriendo. La conversación de risas y burlas fue envuelta por la brisa, luego oí a Violeta preguntar a mi hija, “¿usted por qué cree que nació en los Estados Unidos y yo nací aquí?” Mi corazón latía con fuerza ante la pregunta y el dolor detrás de ella. ¿Cómo respondería mi niña? Entonces, vi a mi hija tomar la mano de su amiga con más fuerza, y decirle estas palabras con sabiduría y gracia: “Violeta, no sé por qué ustedes nacieron aquí y yo nací allá. Pero creo que es porque se supone que debo ayudarles”.

Entonces, ¿cómo los alentamos a vivir en el mundo sin que lleguen a amoldarse a él? Los ayudamos a reconocer su posición de privilegio a través de la perspectiva. Hacemos esto cuando mostramos a nuestros hijos cómo viven otras personas. Decir a nuestros hijos que sean agradecidos no siempre funciona, es necesario mostrarles personas que tienen menos que ellos, esto a menudo produce gratitud sin decir una palabra.

Podemos hacer esto de 100 maneras diferentes -no solo en comedores o sitios de refugio en Navidad-, sino como una forma de vida. Vivir una vida de servicio en nuestra comunidad, pone a los demás como prioridad en nuestras vidas, esto dará a nuestros hijos una perspectiva global, y solamente esto es lo que puede llevarlos al éxito.

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