Viernes, 19 Junio 2015 17:32

Carácter de los padres, ancla de los hijos

Recientemente escuché a un padre decir: “mi hija dice que decidió no suicidarse para que no nos sintiéramos culpables”, mientras su esposa lloraba desconsolada. Al escuchar estas palabras acudí de inmediato a una analogía que luego de usarla quedo grabada en mi corazón como testimonio para mí como padre y ahora para ustedes. Le dije a este padre apesadumbrado: “ustedes son el ancla de sus hijos en un mundo tempestuoso”.

No pretendo para nada suponer que estoy invocando una nueva verdad, o una cosa absolutamente creativa, la verdad es que más allá del uso de ciertas palabras para crear una analogía pertinente no hay más gloria. Hay mil razones para sostener que el carácter de un padre y la salud de una familia son en gran medida las variables que pronostican el comportamiento de los hijos, un contexto de valores, de integridad y de respeto a los fundamentos bíblicos produce en la vida de los miembros una certeza inigualable de valía, de dignidad y de compromiso por transformar las condiciones adversas en loables retos.

Por el contrario, un ambiente empobrecido, donde habitan las dudas, los problemas y una cantidad de crisis acumuladas, sin respuestas asertivas por parte de una familia, conlleva a la desesperanza por el futuro y la desconfianza de cualquier alternativa de cambio. Estos dos panoramas se presentan en la misma esfera de la realidad, pueden ser dos familias que viven una frente a la otra, en el mismo escenario geográfico, político y económico pero que se diferencian por los recursos que tienen para afrontar los problemas.

Permítame remitirme a la analogía. En un denso y amplio mar hay dos embarcaciones de idénticas características externas, tan hermosas y virtuosas, llenas de historias y posibilidades; cada una de ellas se dedica al trabajo diario de la pesca y paradójicamente también lo hacen con las mismas herramientas y en la misma cantidad, a veces poco, a veces mucho.

Cuando observo las barcas en la tarea diaria empiezo a discriminar claras diferencias: una familia sonríe en tanto que la otra se entristece, cuando ambas están tristes una logra reponerse rápido, la otra permanece en vela y supongo que se acaba la gritería porque los venció el cansancio.

Si la analogía es clara, usted entenderá que aunque las condiciones de las familias sean las mismas se observan respuestas claramente distintas, parece que los argumentos típicos sobre el dinero, las posibilidades, el lugar, el momento, etc., pierden valor cuando encontramos que pese a las dificultades se puede decidir vivir mejor, cambiar para que las dificultades no sean tan gravosas y aprovechar cada oportunidad como niños para sonreír es una opción que todos tenemos en la barca.

También creo que si la analogía ha sido clara usted debe tener ansias de conocer aún más el interior de estas barcas, y no hay mejor forma de exponer una realidad que sometiéndola a presión, pues esto es lo que ocurre ahora. Las grandes olas no se hacen esperar y el miedo se apodera de todos los ocupantes, el miedo es natural hasta en los más valientes.

Siempre me pregunté por qué una de las barcas parecía un poco más hundida que la otra, la verdad es que no era una diferencia evidente; para mí era clara pues llevaba días observándolas pero a la vez tan insignificante que no lo había mencionado; la respuesta para mí no tardó, en medio de las olas altas y peligrosas salió el padre y echó al agua un ancla forjada en oro; de inmediato la barca dejó de desplazarse y peleó toda la larga noche hasta que el mar se calmó; al día siguiente no había rastro de la otra barca; así como un día llego a la vecindad este día se fue, se sabe que sus ocupantes permanecen con vida ¿pero qué vida es esa? ¿Qué vida es la que es llevada por olas y vientos?, por miedos y sin respuestas.

Pues bien, desde ese momento en que atendí a estos preocupados padres, pensando en la cantidad de padres atribulados que he conocido en mi vida personal y profesional y dando forma cada día a las múltiples alusiones a las que me podía llevar esta analogía, solo podía en cada pensamiento volver al ancla, un ancla de oro, con forma de cruz que le dio seguridad a una barca en medio de una noche tempestuosa que seguro no fue la primera, ni será la última.

Podemos evitar que las drogas licitas e ilícitas, los comportamientos sexualmente inadecuados, la desesperante preocupación por el futuro, las difíciles condiciones del presente entre otras muchas cosas hagan parte de nuestra vida, pero cuando llegan, como le sucedió a este padre, debemos estar en la capacidad de ser el ancla de nuestros hogares No hay un mercado en el mundo que venda medicamentos para arreglar un matrimonio o salvar a un hijo de las garras de la depresión o las adicciones para siempre, y no lo habrá. La razón es simple, no existe un método de cambio efectivo sino el forjado por la familia.

El oro está en los principios bíblicos, los golpes de forja se ven primero en una relación matrimonial saludable, cosa que solo es posible entendiendo las obligaciones del desposorio, obligaciones de sacrificio el uno por el otro, pero esto no sucederá sin un motivo lo suficientemente claro, sin un modelo que seguir. Por fortuna hay un modelo de sacrificio y promesa de bodas que seguir.

He escuchado también a muchos padres decir: “si pudiera dar mi vida para que él cambiara, lo haría”. Y no es cierto, primero porque no es necesario; segundo, porque alguien ya lo hizo antes y tercero, porque cuando se les pide a los padres desenfocarse del problema de sus hijos y mirarse a sí mismos y a su relación de pareja se sienten ofendidos, no entienden la relación y no están dispuestos a hacer pequeños cambios personales y de pareja que se reflejaran en sus hijos.

El ancla debe soportar la corrosión en un mundo que corrompe, debe estar compuesta eslabón por eslabón con compromiso y dedicación, los padres son responsables por sus hijos, esto es un hecho, deben actuar de tal forma que aunque el libre albedrio de sus hijos les lleve a viajar por otros mares, podamos tener la certeza de que el tiempo que estuvieron en nuestra barca no hubo un mejor modelo de vida que nosotros, y tal vez algún día poder decir con tranquilidad “sean imitadores de mí”.

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