Jueves, 23 Junio 2016 21:59

Después de la guerra llegará la paz

Cuando viajamos por nuestro río (el Atrato) o caminamos por las callecitas de nuestro pueblo (Bojayá, Chalán, Carmen de Bolívar, María la Baja o Colosó, allá lejos en Sucre y Chocó), cuando nos congregamos en el templo de Bojayá para orar y recordar el 2 de mayo de 2002 a las cuatro de la tarde, es cuando entendemos que la vida no vale nada.

Entonamos un canto de esperanza para que Dios nos escuche y no se repita el salvaje terrorismo y, entonces sí, podamos danzar con alegría de paz en un compás sin violencia ni vacilaciones. En estos 14 años, y vamos para 15, las muertes nos dejaron dolorosos recuerdos por su pasión y su martirio. ¿Cuántos murieron por las explosiones de las pipetas? Solo en el templo, donde la gente se congregó para evitar lo inevitable, fueron masacrados 78 hermanos de nuestro pueblo.

Quien dice esto es Fanny Rosmira Salas Lenis, afrodescendiente que se parece al Atrato en su impetuosidad casi salvaje y vive en Colosó hace más de 50 años, según relata el cronista Javier Franco Altamar, del diario ADN, en una serie de relatos sobre las trágicas historias en Los Montes de María que reúne a 16 municipios, entre ellos María La Baja, San Jacinto, Carmen de Bolívar, Colosó, Chalán, Ovejas, San Onofre, San Juan Nepomuceno, Los Palmitos y otros.

Es el atardecer de un día de Semana Santa de 1998 en una tienda llamada Isabella ubicada en una esquina frente al cementerio de Chalán, al sur de Sucre. La gente comenta que a Sincelejo, su capital, distante 45 minutos por carretera, acababa de llegar la Primera Brigada de Infantería de Marina para incrementar patrullajes por la zona de los Montes de María. El tendero Franklin Barreto Anaya, quien no se muestra muy entusiasta, dice que no necesitamos tanta tropa por ahora y que en el futuro ya veremos. Sonríe y agrega con voz fuerte como danzando sobre sus palabras: esto hoy es un paraíso… para eso sirvió esa salvajada de hace 14 años… no hay mal que por bien no venga, compadre.

Frente al negocio de Barreto al otro lado de la calle, está la plaza con su iglesia de pueblo llamada de Jesús Salvador, pequeñita pero agradable. Unos pasos hacia atrás, en una noche de brisas lentas, estalló el tristemente célebre burro bomba que voló el puesto de policía y mató a 11 agentes que estaban allí.

Cuatro de ellos, jugaban dominó  muy alertas en la puerta a la luz de un velón. Otros ocho se salvaron porque no era su turno, ni su destino, ni su momento. Eso fue el 12 de marzo de 1996. De las fichas del dominó de plástico solo quedaron pedacitos.

Algo más: el 17 de octubre de 2002, que amenazaba un día tranquilo sin tormentas porque el cielo era más que azul, la paz se vio interrumpida con varios hechos de guerra como si estuvieran concatenados. Uno de ellos fue lo que llaman en Chalán martirio histórico. El párroco José Luis Cárdenas Fernández, de 28 años, salió a caminar alrededor del pueblo como lo hacía todas las tardes para algo de ejercicio, tomar un café con la gente en sus casas y conocer sus problemas y situaciones. Fue asesinado a bala. El crimen fue atribuido al frente 35 de las Farc que operaba en la zona.

Bojayá, donde las Farc imploraron perdón

Bojayá padeció durante cuatro décadas los desastres de una guerra que no era de ellos. Es un pueblo encuadrado dentro de los principales en Los Montes de María, arrinconado por la pobreza aunque sus 10.100 habitantes, ¡todos!, han sido víctimas de algún tipo de violencia de las tres horribles fuerzas devastadoras: las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), del ELN (Ejército de Liberación Nacional) y de los paramilitares.

Acá la gente se encabritó, dice Miguel Umbasía, y pregonó a todo pulmón que las Farc debía pedirles perdón. Y luego de seis meses de encabritamiento, llegaron tres a Bojayá para pedirles perdón por lo hecho y dejado de hacer. El pueblo lloró, los guerrilleros lloraron con ellos, juntaron sus manos, alzaron su vista al cielo y oraron.

Bojayá no tiene vías terrestres de acceso, 97,6% de su población está en la pobreza, su área es de 3.693 kilómetros cuadrados, solo el 1% de sus 10.100 habitantes gozan de un empleo formal, 50,26% de la población es afrodescendiente y 43,71% son indígenas que viven en comunidades dentro de 13 resguardos.

La queja de un cura que nunca se queja

Apoyado en la cornisa de la terraza del convento en Quibdó, un edificio patrimonial a orillas del Atrato, el sacerdote Antún Ramos, párroco de Bojayá, habla sobre la escasa atención psicosocial que ha recibido la comunidad bojayaseña.

Antún Ramos recuerda como en un sueño las pocas horas que vivió en septiembre del 2015 cuando estuvo en Bogotá en el templo de la iglesia cristiana integral Casa Sobre la Roca y allí, ante dos mil fieles, sucedió también el esperado perdón, el esperado abrazo de la reconciliación con dos exguerrilleros de las Farc a nombre de sus jefes. Y el pastor Darío Silva-Silva, con su voz entrecortada por la emoción, más unas lágrimas, no se cansó de repetir: esto es histórico… verdaderamente histórico. Muchos de los dos mil congregados sollozaron y lloraron.

Por ahora hagamos un alto en esta crónica para continuarla cuando celebremos más y más perdones. Este, de ahora, es un adiós a las armas, un adiós a la guerra y una bienvenida a la bendita paz que ya se asoma allá, al final del túnel de la muerte que pronto se convertirá en vida. Hasta pronto… ¡Qué viva la paz! Esa paz que necesitamos en los Montes de María o en los Cerros de Monserrate y Guadalupe en Bogotá o en el Cristo Redentor de Cali o en las Murallas de Cartagena, en toda… toda Colombia.

Gracias por su colaboración al diario ADN de Bogotá, a su reportero Carlos Salgado R. y al fotógrafo Javier Nieto Álvarez.

Foto: Cortesía Centro de Memoria Histórica

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