Martes, 17 Enero 2017 16:05

Obama… Goodbye…

La discreta revolución de un presidente.

Por David Greenberg. Profesor de historia en la U. de Rutgers, autor de varios libros sobre política internacional.

Brack Obama lee la frase cada mañana cuando pisa su Despacho Oval en la Casa Blanca en Washington, inscrita en la alfombra que cubre el piso del espacio más simbólico del poder en Estados Unidos y que dice: el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia.

Los historiadores saben lo bastante como para no pronunciarse sobre el legado de un presidente antes de terminar su cargo que es un encargo público. El juicio vendrá después.

La reputación de un ex no es la misma que la de presidente y ella cambia como cambian los acontecimientos, las condiciones y los criterios con los cuales se juzga a los líderes cuando ya no tienen poder.

Harry Truman era visto como un presidente fallido cuando dejó la Casa Blanca en 1953, y ahora se le considera como un visionario de la Guerra Fría y un luchador en línea con la mejor tradición del New Deal. Por otro lado, hoy casi nadie se acuerda de Calvin Coolidge, quizá el Presidente del siglo XX que gozó de mayor popularidad durante su mandato.

Pero esta humildad frente a los requiebros de la historia no tiene por qué impedir que se haga un inventario tentativo. Cuando los presidentes se preparan para dejar el cargo es normal que echemos la vista atrás para descubrir qué cambios buenos o malos trajeron consigo.

Con Barack Obama, la cuestión de su legado es dubitativa. De hecho, mientras viajó durante los últimos meses de 2017 por Estados Unidos incitando al electorado a votar por la señora Clinton, el propio Obama ha dicho que el futuro de su legado está en las papeletas de las votaciones. En los libros de la historia, lo primero que se dice sobre Obama es que superó las barreras de la raza. Ocho años después de que llegara a la Casa Blanca, muchos norteamericanos se muestran insensibles. De hecho las tensiones raciales en Esatados Unidos atraviesan por su peor momento desde los tiempos de Ronald Reagan y de George Bush, padre.

Las polarizadoras peleas políticas sobre la acción policial y las trabas electorales de las minorías demuestran que lo que hace 70 años Gunnard Myrdal denominó como el dilema americano sigue sin resolverse.

Sin embargo, si lo vemos con una mirada más fresca que Obama logró obtener la confianza de los electores no una sino dos veces consecutivas y pasará a la historia como un punto de inflexión.

En el terreno de las políticas implementadas, Obama ha sido menos memorable a diferencia de Reagan o de Bill Clinton, no encarriló al país en una nueva dirección. Reagan y Clinton cambiaron las reglas del juego, lograron alterar en forma fundamental el debate político. Desde el senadorWarren Harding, Obama probablemente haya sido el presidente que llegó a ese cargo con menos experiencias en asuntos públicos. No tenía una visión clara y bien pensada de lo que quería hacer.

Su campaña de 2008 iba sobrada de retórica que subía los ánimos pero a falta de análisis económicos y políticos, no fue capaz de construir el tipo de gran visión que marca las grandes presidencias en cualquier lugar del mundo.

Seguramente se le reconocerá el mérito de haber guiado a Estados Unidos durante la Gran Recesión. Impulsó valientemente un plan de recuperación económica, la regulación financiera y las ayudas a la vital industria automovilística. Que lo lograra a pesar de la intransigente oposición republicana redundara en su favor.

Puede que en retrospectiva se considere que Obama fue tímido a la hora de enfrentarse a Wall Street en los primeros meses de su primera presidencia. Bajo la tulela del Secretario del Tesoro, Timothy Geithner, decidió no arriesgarse a agitar los mercados financieros que ya empezaban a recuperarse cuando asumió el cargo y no persiguió la implantación de medidas más duras. Este proceder tuvo como efecto secundario que toda la energía populista se trasladó a la derecha. En lugar de un revitalizado populismo económicamente liberal, su mandato presenció el auge del llamado Tea Party al reclamar la derecha su alianza con aquellos que se rezagaron en la recuperación y se frustraron ante la lentitud de los cambios.

La política exterior será el área en la que la presidencia de Obama será más duramente juzgada. La apertura con Cuba ha supuesto un paso adelante el acuerdo nuclear con Irán será tildado de astuto pero inservible en función de cuándo o de si ese país sigue los pasos de Corea del Norte. En un plano estratégico más amplio, Obama quiso revertir la cruzada nacionalista e intervencionista emprendida por George W. Bush, pero Obama corrigió el curso en exceso. Estaba tan decidido a evitar el reproche del público por enredarse y por enredarse en el exterior se replegó demasiado permitiendo que Oriente Próximo, en particular, se sumiera en el caos.

No podemos especular o asegurar que una intervención más temprana y astuta en Siria hubiera evitado necesariamente la catástrofe humana que se vive en la región, pero sí podemos declarar como un fracaso esa política de Obama.

Además de las muertes, de la destrucción y la aparición de una crisis de inmigrantes, al ser incapaz de defender las líneas rojas que él mismo había marcado. Obama dio alas a Putin y a una Rusia que resurge. La agresividad de Putin en Ucrania y más recientemente su interferencia en el proceso electoral estadounidense en parte son los resultados de la seguridad de que puede salirse con las suyas.

El próximo presidente tiene un buen lío para resolver, tan grande como el que George W. Bush dejó como herencia. Y su primer mandato sí produjo un milagro: que los norteamericanos resolvieran reelegirlo.

Solo el tiempo dirá si su presidencia fue un éxito o un mero paréntesis en la historia. En todo caso, será recordado por algo que no tenía nada qué ver con su gestión presidencial: es el primer presidente de color en ocupar el cargo que dejó para siempre este año.

Foto: Pete Souza / Chief Official White House Photographer

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