Viernes, 05 Mayo 2017 17:47

Integrismo y terrorismo

Quienes propiciamos una iglesia cristiana integral vemos con preocupación que se confundan de mala fe los conceptos de integralismo e integrismo. El integralismo es integrador, el integrismo es desintegrador.

Integrar, buscar la integridad, es laudable, necesario y conveniente, por cuanto defiende la ortodoxia. El integrismo no es sino un nuevo fundamentalismo, estilo ISIS. El átomo es en sí mismo integrador, pero la bomba atómica es desintegradora. Ahí está la pequeña gran diferencia.

El integrismo islámico alcanzó su empuje durante la revolución de Ayatollah Khomeini en 1979 y tiene una estrecha relación con las frustraciones sociales. Es evidente que el modernismo con todos sus efectos, especialmente el avance científico y tecnológico y la defensa de las libertades, dejó en completa desprotección tanto a los seguidores de Alá como a los de Cristo, en medio de una lamentable carencia de respuestas desde los púlpitos. El progreso fue mirado simplemente como un recurso satánico para obstaculizar la obra de Dios.

El integrismo islámico ha logrado crear una compleja telaraña que actúa en casi todos los países del mundo, incluidos los Estados Unidos de América, a través de grupos como Hamas, Yihad Islámica y Al Fatah, y ha tenido confrontaciones tan fuertes como la de 1992 en el norte de la India, donde una horda de fanáticos hindúes arrasó una mezquita con el pretexto de que se había profanado un templo del dios Rama por los musulmanes. Los disturbios a partir de entonces han causado miles de muertos teniendo por principal protagonista al Cuerpo Nacional de Voluntarios, que fue el autor del asesinato del Mahatma Gandhi en 1948. Desde cuando Al Fatah comenzó sus exitosas incursiones por la rehabilitación palestina, Occidente asiste perplejo a los suicidios heroicos.

En su propia evolución, el terrorismo ha cruzado la raya. Los nihilistas anarquistas eran terroristas, pero tenían su particular ética. En San Petersburgo, los evolucionarios quisieron asustar al zar matando al gobernador de esa provincia. Pero (como Dostoievski y Camus lo señalaron bien) el blanco del atentado, iba a misa en compañía de sus hijos. Al ver a estos en la carroza, los sediciosos aplazaron el atentado solo para no asesinar niños… Los terroristas de hoy se reirán de semejantes escrúpulos; ellos, simplemente, siguen en lo que Salvador Díaz Mirón describió bien:

Eterna y mezquina guerra

De todo lo que se arrastra

Contra todo lo que vuela.

El terrorismo islámico no ha nacido por generación espontánea; es un producto de la milenaria pugna Oriente-Occidente, y tiene sus últimas motivaciones en los abusos de las potencias coloniales europeas que se enseñorearon de los países árabes en una acción de efecto retardado por el fracaso de las Cruzadas. Durante éstas, triste es reconocerlo, el Cristianismo perdió algunos de sus más fuertes bastiones: el norte de África, la costa occidental de Asia, Turquía y parte de los Balcanes. Gracias a los Reyes Católicos de España el Viejo Mundo no fue capturado para siempre por los fieles de Alá.

En el ámbito occidental hay un integrismo católico-romano de corte ultramontano en el movimiento Sodalitium de Umberto Begnini, y en el ala cismática e hiperconservadora que acaudillara el obispo francés Marcel Lefebvre, así como en algunos sectores cavernarios del Opus Dei, que fundara el español Escrivá de Balaguer. En Colombia ya empieza a moverse.

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