Viernes, 29 Julio 2016 23:30

La comunidad del amor

¿Y cuando no hay amor qué pasa? Nos deslizamos por la aguda pendiente de la escasez de amor.

De vez en cuando conviene hacer un alto en el camino y preguntarnos en qué consiste la fe cristiana y, más, en una época de grandes cambios como la actual. Nunca debemos dar algo por supuesto y menos que por ser cristianos ya sabemos qué es ser cristiano.

En otros tiempos fue muy común escribir ensayos sobre la esencia del cristianismo a modo de ejercicios de autoreflexión en un momento cuando creyentes y teólogos buscaban nuevas maneras de entender su fe y conservarla sin los añadidos que se van posando sobre ella por el peso de la tradición, sin perder nada de su contenido original al arrojar de su espacio sagrado lo que mercaderes y cambistas hayan podido introducir.

Desde el inicio de nuestra fe se nos enseñó que el corazón del evangelio se encuentra en Juan 3:16. Y no estaban muy descaminados. En él se expresa, explícita e implícitamente, la esencia del cristianismo.

• Aprendemos de una sola vez que Dios es amor en su esencia y en su relación con el hombre.

• Que la salvación por la que el hombre se reconcilia con Dios está basada en amor. Amor que se humilla y se entrega al dolor por el bien del mundo.

• Que el Salvador, Dios-Hijo, entregado por Dios-Padre al rechazo y al sufrimiento, asumido voluntariamente por el Hijo, es la gran prueba del amor de Dios por el mundo.

• El amor es la causa y también la meta de la salvación. Lo amamos porque nos amó primero y nos ama para pesar de lo que amemos.

• Que la comunidad que surge de la comunión de esas personas que han experimentado el amor de Dios en la salvación y la salud de sus vidas es una comunidad de amor mediante el cual manifiesta la vida intratrinitaria de Dios, como lo es esa comunión de personas desde la eternidad y que se vuelca en la comunidad mediante la efusión del Espíritu, el cual hace presente la realidad de Cristo para la gloria de Dios Padre. En una palabra, la esencia del cristianismo es amor y, por ende, el secreto de la vida cristiana también es amor. Todo lo demás viene por añadidura.

Erich Fromm decía que la humanidad no podía existir sin un solo día de amor y esto es precisamente lo que nos dice el Evangelio.

La importancia capital del amor, como principio de conducta con Dios y los hombres, ha sido captada por pensadores e historiadores. El filósofo español Julián Marías escribió que no parece dudoso que la gran innovación del cristianismo es la radical insistencia en el amor, muy superior a la que podamos encontrar en otras culturas o religiones, de ahí que el cristianismo haya sido raíz de un florecimiento incomparable de lo sentimental.

Agustín de Hipona concibió la historia como una historia de amor, de dos amores específicamente, según se lee en su obra La Ciudad de Dios: Dos amores fundaron dos ciudades, el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial.

La primera, se gloría en sí misma, la segunda se gloría en el Señor. Aquella solicita de los hombres la gloria de ésta que se cifra en tener a Dios: Gloria mía tú mantienes en alto mi cabeza (Salmo 3:4). La primera está dominada por la ambición de dominio en sus principios o en las naciones que somete, en la segunda se sirven mutuamente en la cantidad de superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquella ama su propia fuerza en los potentados, ésta le dice a su Dios que Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. (Salmo 18:2).

Como decía H.G. Wells, nuestros corazones son todavía demasiados pequeños para su mensaje, el mensaje de Cristo.

Capacitación pastoral

Los pastores de nuestras iglesias deben ser un ejemplo. ¿Qué es lo que capacita a un creyente para ser pastor, predicador o responsable de la enseñanza en la iglesia? ¿Acaso la formación académica? ¿Los títulos obtenidos por sus pasos en las universidades? ¿Los estudios o dotes administrativas? ¿La capacidad oratoria? Uno o unos o todos de estos argumentos de la vida de cada quien, será probable. Pero dado que hablamos de la esencia, hay algo previo a todo esto sin lo cual nadie está capacitado por más que sea tenido como una autoridad entre los hombres.

Pero no solo el amor a Jesús. Como lo observó Agustín de Hipona, cada vez que Pedro preguntaba a Jesús, éste le respondía que le declarara su amor cuando le ordenaba: apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. ¿Qué significa para mí tu amor, si he sido yo mismo quien te ha concedido amarme? Pero tienes dónde mostrar tu amor hacia mí, ¿dónde ejercitarlo? Apacienta mis corderos.

Hasta qué punto han de ser apacentados los corderos del Señor y con cuánto amor han de serlo las ovejas compradas a tan elevado precio, lo manifestó Jesús en lo siguiente: Cuando le fueron encomendadas las ovejas, Pedro escuchó lo referente a su propia pasión futura. Aquí manifestó el Señor que aquellos a quienes él confía sus ovejas debían amarlas hasta estar dispuestos a morir por ellas. Como Cristo entregó su vida por nosotros, así debemos entregarla también por los hermanos (1 Juan 3:16).

Cristo sana tu corazón si está roto. Sana tu alma si está enferma. Él te limpia, te restablece y perdona todo con su encanto de amor eterno.

Por Alfonso Ropero Berzosa, para la revista Hechos&Crónicas de Colombia. El pastor español,  ha sido por más de 20 años predicador, profesor de historia de la filosofía en Santa Cruz de Tenerife y ha escrito decenas de libros.

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