Lunes, 05 Septiembre 2016 18:30

El mito del neo-apocalipsis

Un extracto de “Cómo sobrevivir al Apocalipsis”. John Stuart Mill acuñó por primera vez la palabra “distopía” en un discurso ante el Parlamento en la década de 1880. Pero solo vendría a ser un género literario en el siglo XX -una versión en gran medida pesimista del futuro-, como si Dante en La Divina Comedia al escribir El Infierno se hubiera detenido.

Obras como “1984” de George Orwell, “La guerra de los mundos” de H. G. Wells, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y “La naranja mecánica” de Anthony Burgess, expresan un profundo sentimiento de malestar con los relatos de esperanza, incluso la religiosa. Para ilustrar mejor, la visión apocalíptica secular se refleja en las películas de la mitad del siglo XX, particularmente intrigantes (aunque por lo general exageradas) a través de narraciones sobre invasiones alienígenas y sobre ansiedades de la Guerra Fría, que han venido aumentando.

Eso nos lleva a que las historias apocalípticas de hoy en día, rara vez se refieran a Dios, o dioses, o a compartir creencias, excepto como un elemento que mejore su narración, pero que de ninguna manera, aporta el significado religioso de peso que los lectores esperarían que tuviera.

La promesa de cuentos tradicionales de Apocalipsis, escribe Elizabeth Rosen en “La transformación apocalíptica” (Apocalyptic Transformation), es inequívoca: Dios tiene un plan, la interrupción es parte de Él, y al final todo será hecho nuevo. Así el sufrimiento cobra significado y la esperanza es restaurada a aquellos que están traumatizados o desconcertados por los acontecimientos históricos.

“El apocalipsis no es una catástrofe completa -no exactamente-. Incluso podría verse de una manera optimista”.

En Apocalipsis, el sufrimiento y el dolor que encontramos en esta vida, finalmente cobra sentido. ¿Cuántos de nosotros, de hecho, anhelamos que llegue el apocalipsis –de Revelación- para que el dolor profundo y las dificultades significativas de nuestra vida terminen?

La liturgia cristiana tradicional declara: Ven, Señor Jesús, y suplica, Ven pronto. En ninguna otra parte se marca más esto que en las liturgias de funerales y entierros, donde las creencias de todo tipo sacan a relucir la promesa de que la tragedia aparentemente sin sentido de la muerte no es el final, más bien aguardan por la esperanza, que puede dar el apocalipsis.

El neo-apocalipsis

Al igual que el apocalipsis, las historias del neo-apocalipsis implican el colapso del orden social, el castigo del pecado y del error humano. También es pesimista sobre la capacidad de la humanidad para rehabilitarse.

Pero a diferencia del apocalipsis, el neo-apocalipsis no restringe el pesimismo. No hay Deus ex machina, no hay esperanza para la renovación de la humanidad: “Esta degeneración es tan completa que el Final solo puede ser igualmente completo. No hay nada más allá de este Final, no hay esperanza de un Nuevo Cielo en la Tierra, precisamente porque no hay nada digno de ser salvado”, escribe Rosen.

En un artículo de 2009 en la revista New York, Hugo Lindgren llama a la literatura neo-apocalíptica “pornografía pesimista”, un “punto débil para los tiempos difíciles”. Así, mientras que el apocalipsis es viejo, este neo-apocalipsis es algo nuevo y fascinante, con características individuales: es antropocéntricamente pesimista (y carente de toda esperanza de restauración), y está en gran medida fuera de sincronía con nuestra realidad aun no destruida.

Todavía estamos obsesionados con la predicción del colapso total, que puede hablar de las bondades de la interrupción, como María Manjikian describe en “El Apocalipsis y la post-politica: El Romance del Fin” (Apocalypse and Post-Politics: The Romance of the End), la búsqueda de entretenimiento en el apocalipsis es un lujo para los ricos. Ella expone cómo las sociedades desarrolladas no tienen que enfrentar las consecuencias de un colapso sistémico ni viven a diario las raíces de la violencia. Max Brooks, el autor del éxito de ventas Guerra Mundial Z (que inspiró una película de 2013 del mismo nombre), explora algo parecido: en su historia, en pleno apocalipsis zombi, un “reality show de televisión” muestra las reacciones de personas ricas y seguras que observan como sus conciudadanos luchan por sobrevivir al ataque. (Y no olvide a los ciudadanos ricos de Capitol, pegados a la TV prestos al espectáculo y a la diversión durante los días previos a los Juegos del Hambre).

Aquí está la ironía: el pesimismo neo-apocalíptico sobre el futuro, una forma consumadamente posmoderna, es el máximo acto de la deconstrucción. Pero mientras que deconstruye nuestras formas de entender el mundo, crea su gran narrativa propia. No es sólo una gran narrativa: puede ser el Gran Relato, uno que juzga a todos como miserables indignos de la salvación. Rosen escribe en su epílogo que “en el mismo acto de la deconstrucción de apocalipsis, artistas postmodernos están siendo constructivos”.

Las grandes narrativas (o metanarrativas) son las grandes historias que validan y dan sentido a los eventos de la vida que nos dicen lo que importa, de dónde venimos, hacia dónde vamos y por qué. En cierto sentido, se podría decir que las metanarrativas son inherentemente religiosas: que nos dicen lo que es básicamente importante en la vida.

Todos los apocalipsis son religiosos

De lo anterior, surge una pregunta importante: ¿Puede un “apocalipsis secular” existir realmente? Es decir, si la deconstrucción neo-apocalíptica de hoy es también un gran relato, que nos dice que el significado de todo es que nada tiene sentido y que todos vamos a morir, entonces tomar esa definición más amplia de la religión ¿no es también una antropología profundamente religiosa (o por lo menos metafísica)?

Por supuesto que, el apocalipsis “secular” de hoy es tan religioso como cualquier antigua, medieval, o incluso temprana encarnación moderna. En este punto podríamos mostrar cómo las imágenes religiosas siguen pasando de contrabando a la llamada cultura neo-apocalíptica.

Pero no solo queremos mostrar el carácter religioso de estas patologías de nuestros mundos neo-apocalípticos; también queremos explorar la forma en que surgen en nuestra “era secular” y en particular para mostrar por qué, como el teólogo y especialista en ética Oliver O’Donovan ha puesto tan expresivamente que, nuestro orden moral moderno no puede sobrevivir como “extorsión metafísica”.

En nuestro libro “Cómo sobrevivir al Apocalipsis”, con Rosen nos apartamos de lo que otros llaman neo-apocalipsis, nosotros lo llamamos distopía, o apocalipsis distópico. Esto se debe a que estamos explorando no sólo mundos reales apocalípticos (como Battlestar Galactica), sino también los postapocalipticos (como los Juegos del Hambre), e incluso dramas distópicos que carecen de una catástrofe material real (Her o Breaking Bad). A veces parece que las cosas saltan a un apocalipsis material. Puede ser una ruina política inminente o un cambio cultural sísmico (como House of Cards o Mad Men). A veces se trata de un colapso emocional y existencial. Pero en conjunto, obtenemos una imagen aterradora de lo que nosotros, como cultura, pensamos que asoma en el horizonte: la destrucción de nuestra propia creación, sin esperanza de renovación.

Pero no tiene que ser así. Y muy curiosamente, nuestra cultura pop nos ayuda a demostrar por qué.

Extracto adaptado de Cómo sobrevivir al Apocalipsis: Zombies, Cylons, Fe y Política en el fin del mundo, por Robert Joustra y Alissa Wilkinson (Wm B. Eerdmans, 9 de mayo.). Reproducido con permiso del editor; todos los derechos reservados.

Por Robert Joustra y Alissa Wilkinson 13 de mayo de 2016 Christianity Today para la revista Hechos&Crónicas.

Traducción: Carolina Zamora.

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