Martes, 22 Noviembre 2016 00:18

Respete las ideas del otro sin dejar las suyas

Apreciaciones sobre la ley natural otorgada por Dios. En su versión más antigua, antes que aparecieran algunas instituciones de derecho en Grecia y Roma, ya la Ley natural se entendía como aquella dada por la Divinidad al hombre, distinta de las leyes de la naturaleza definidas en la biología, la física, etc.

En garantía de la obediencia a Dios, la ley natural tiene el efecto de mandar, prohibir, permitir y castigar, al igual que la ley civil lo hace, en orden a la convivencia ciudadana.

Desde el punto de vista teológico-racional, la ley natural es consustancial al hombre y se manifestó cuando el Creador le prohibió “comer del árbol del conocimiento del bien y del mal”; mandato que no tenía nada que ver con la sexualidad, que Dios ya había bendecido en la pareja compuesta por Adán y Eva.

Con la alegoría del árbol, Dios, que ya le había otorgado al hombre la capacidad de decidir, es decir, la libertad; lo quería advertir de que los juicios axiológicos que consisten en la valoración de lo bueno o lo malo de las acciones humanas, eran un atributo de la divinidad. Pero en lugar de interpretar la Ley dada, o lo que es lo mismo, obedecerla, el hombre decidió que en la prohibición algo iba mal y la derogó. En su lugar, y creyéndose autónomo, dictó su propia ley. Con estas pretensiones de poder omnímodo, llegaría a “ser como Dios”.

Después de una dialéctica constante, en torno a la ley, en tiempos de la escolástica a la que perteneció Tomás de Aquino, el derecho natural se arrogó la “verdad” y reinó por aproximadamente mil años, hasta que encontró su punto de inflexión en los albores del Renacimiento.

La controversia entre la ley natural, dictada por Dios, y la positiva decretada por el hombre, se agudizó con la dictadura de la razón proclamada por Hugo Grocio en el siglo XVII. Esta corriente positivista, como se le llamó, incursionó, no solo en las ciencias, sino también en el derecho, al que acusó de regirse por una axiología, una moral y unos estándares de comportamiento impuestos por los centros de poder dominantes, con el aval de la curia romana, y lo desmitificó quitándole sus “pretensiones metafísicas”.

La lucha entre la ley natural (iusnaturalismo) defendido por San Agustín y Santo Tomás de Aquino, por pertenecer al plan divino para el hombre, se convierte a partir del siglo XVII en derecho natural, pero ya no dictado por Dios, sino por la razón natural del hombre.

La confrontación fue creciendo: el iluminismo del siglo XVIII, con Rousseau a la cabeza, se opuso al derecho divino de la monarquía y formuló su teoría de la democracia, según la cual la soberanía radica en el pueblo, versus Thomas Hobbes, quien defendía la monarquía. Después de varias centurias de debates, a finales del siglo pasado, surgió el sostenido entre el profesor de Oxford Herbert Hart y el profesor de la Universidad de Nueva York Ronald Dworkin. Hart, positivista, abogaba para que el derecho se sometiera a la dictadura de la razón y los vacíos en la ley se llenaran por los jueces con la creación de nuevas normas, teniendo en cuenta los principios liberales que caracterizan al positivismo. Por su parte, Dworkin, Iusnaturalista, afirmaba que no debían crearse nuevas leyes, sino interpretar las existentes; y en los vacíos que dejara la ley, y en los casos difíciles, el juez debía aplicar los principios éticos, morales y axiológicos, con las consideraciones de conciencia.

Acontecimientos recientes, suscitados en la política, la filosofía y el derecho, reflejan la continuidad del debate. Ejemplo de ello son la creación de cortes constitucionales en España y Colombia, a finales del siglo pasado, y los más recientes, el debate electoral en Los Estados Unidos de América y algunos fallos en la Corte Constitucional Colombiana.

En el debate por la presidencia, los demócratas han manifestado sus preferencias a favor de la señora Clinton, por lo que parece no haber nada que le impida ganar la presidencia el próximo noviembre.

Por su parte, los republicanos no encontraron, durante la campaña por la nominación, un candidato capaz de ganarle al señor Trump el derecho de ir a la convención. El último en retirarse de la contienda fue el gobernador de Ohio, John Kasich, el que mayor resistencia le hizo a Trump, pero sin posibilidades.

El debate electoral coincide con la elección de un nuevo juez para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos que reemplace al magistrado Scalia, quien falleció hace poco. Al preguntársele en los debates a los precandidatos republicanos cómo llenarían esa vacante y con quién lo harían si llegaran a la presidencia; entre todas las respuestas surgió la del gobernador de Ohio quien contestó que en su estado (Ohio) los jueces, propuestos por él, no creaban nuevas leyes, sino que Interpretaban las que había. Para el asombro de los que entienden la esencia de los principios en que se asienta la nación americana, la respuesta de Kasich pasó inadvertida, tanto para periodistas como para electores.

Son los republicanos los que se reconocen como más afines con los principios propuestos por los padres fundadores, que perfilaron la nación americana como “una nación bajo Dios”.

En cambio, para los demócratas, guardianes de los principios liberales, en su mayoría amantes de las libertades sin barreras morales o axiológicas, la constitución americana debe modificarse a la mayor brevedad para dar cabida a los hacedores de leyes.

Otro caso más cercano a nuestra realidad criolla, el de la reciente votación en la Corte Constitucional Colombiana, que aprobó el matrimonio entre parejas del mismo sexo, refleja la oposición de las tendencias positivistas a los principios y valores que han defendido las corrientes Iusnaturalistas; o lo que es mismo, entre los magistrados que quieren crear nuevas leyes (siguiendo posiciones positivistas) y los que prefieren tomarse el trabajo de interpretar las que hay, que reflejan el sentimiento nacional, desafortunadamente los menos en número. Los magistrados que votaron poniendo en duda la claridad del artículo 42, que establece el matrimonio entre un hombre y una mujer, desconocieron el mandato del constituyente del 91, que votó con la convicción de que el matrimonio es heterosexual.

Es cierto que debemos ser indulgentes y tolerantes con el pensamiento diverso, pero no por el hecho de que respetemos las ideas de otros, tengamos que prescindir de las nuestras; no, por el contrario, más fuerte deben sonar nuestras voces.

Por: Mario Ariza, profesor de teología y filosofía en el Instituto Bíblico de Casa Sobre la Roca Miami.

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