La eventualidad de que existan seres inteligentes en otros planetas diferentes al nuestro ha estimulado la imaginación de los hombres desde épocas ancestrales, pero ha sido particularmente en nuestra era de tecnología y viajes espaciales en que la posibilidad de entrar en contacto con estos presuntos seres ha cobrado fuerza y ha dado lugar a toda una industria alrededor de este interés, alimentada por la literatura de ciencia ficción en alianza con Hollywood, siempre dispuesto a llevar estas historias a nuevos y asombrosos niveles de realismo cinematográfico.

¿Cómo están cambiando nuestras expectativas para los cristianos en la educación?

Cuando narro mi testimonio la gente se sorprende: ¿Cómo puede un ateo convertirse al cristianismo en Harvard, el bastión del elitismo intelectual laico?

A propósito de la elección del nuevo papa Francisco I, un papa, por cierto, muy singular, ya que no solo no es europeo, sino que es un latinoamericano que reúne en su persona algunas características que parecerían contrasentidos, como lo es el ser un jesuita conservador y un argentino humilde; los vientos ecuménicos comienzan a insinuarse con nueva fuerza generando esperanza en ciertos sectores de la cristiandad a la par que suscitan temor en otros sectores de ella.

Tradicionalmente se considera que la modernidad se inició con la ilustración, que dio lugar a su vez a la Revolución Francesa emprendida, presuntamente, en el nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, tríptico enarbolado como lema que inspiró esta revolución.

La Envidia ¡Puede matar!

13 Mar 2013
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Carlos Aguilar, padre de Christian, el joven colombiano que fue asesinado por su mejor amigo, Pedro Bravo, el año pasado en Florida (EE. UU.) dijo a los medios de comunicación que una de las razones que tuvo Bravo para matar a su hijo fue la envidia. El joven cometió el crimen tras enterarse de que Christian había ingresado a la Universidad de Florida.

El vínculo existente entre el cristianismo y el judaísmo es tan evidente que no puede ser negado por nadie que tenga tres dedos de frente. En efecto, judíos y cristianos compartimos gran parte de nuestras escrituras sagradas —de hecho, todo el Antiguo Testamento—. Asimismo, Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, fue judío tanto racial como culturalmente y no renegó nunca de esta condición, aunque sí fue un incisivo crítico del judaísmo de su época y procuró reformarlo y retornarlo a su esencia, motivos y propósitos originales, perfeccionando y cumpliendo en su persona y en sus actos todo lo que el Antiguo Testamento anunciaba.

El pequeño Lutero

06 Mar 2013
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¿Qué hizo Martín Lutero durante sus tiernos primeros años? La infancia de Martín Lutero no fue un jardín de rosas pues sufrió los estragos de la pobreza y de la dura y amedrentadora educación de la época; pero la fe en Dios y el impacto religioso en su niñez permitieron que lograra impulsar la reforma protestante y exhortar a los creyentes a volver a las enseñanzas originales de la Biblia. Adentrémonos, entonces, en la infancia de uno de los más grandes teólogos de la historia.

Sin embargo, hay instituciones y personas que, con enorme valentía social, trabajan al rescate de centenares y millares de niños(as) en Colombia.

Si Dios no está entre nosotros, ¿hasta cuándo podremos sobrevivir?

¿Cómo podemos esperar de Él su bendición y protección cuando le exigimos que nos deje estar solos?

La amazonia se cristianiza

08 Feb 2013
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El Guainía es el departamento colombiano con mayor porcentaje de población evangélica. Ello, gracias, en principio, a Sophia Müller, misionera de origen alemán, mujer menuda y frágil, dueña de una energía vital que en mucho aventajaba a los hombres que coincidían con ella en sus travesías en canoa por ríos y lagunas para llevar el mensaje de Cristo en las tupidas selvas amazónicas colombianas.

Éxito de la Biblia Digital

15 Oct 2013
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Aunque la Biblia impresa sigue teniendo gran acogida, los adelantos tecnológicos ahora permiten leer la Palabra de Dios en tablets y smartphones. La Palabra de Dios sigue y seguirá viva gracias a los avances de la tecnología.

El año 2013 comenzó con una delicada situación para los creyentes en el mundo. El auge de la primavera árabe en países del Medio Oriente, los gobiernos comunistas asiáticos y los conflictos internos y étnicos de distintos países africanos y suramericanos, encontraron en los cristianos sus principales víctimas.

El amanecer del 22 de diciembre de 2012 podría ser uno más para decepción de quienes se aventuraron a predecir el fin del mundo en día, mes y año. Los decepcionados serán quienes afirman que el Calendario Maya señaló este tiempo decembrino como el final de todo, así se haya demostrado científicamente, y por los propios expertos en esa cultura milenaria, que las interpretaciones de lo que señalaron en su calendario los primitivos pobladores de la Península de Yucatán, cayeron en el terreno de la especulación por cuenta de quienes se creyeron más sabios que esos sabios aborígenes de la Mesoamérica.

Es posible la Paz

19 Oct 2012
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Dice Romanos 15:33, “El Dios de paz sea con todos ustedes”. Dios es un Dios de paz. Las Escrituras hacen esta afirmación conmuchísima frecuencia, pero el universo entero se encuentra en guerra, desde cuando hubo, en tiempos inmemoriales, la revuelta de los ángeles de tinieblas en desobediencia en contra de su creador.

La noción de pecado ha sido impugnada desde muchos frentes en la edad moderna, como si fuera un concepto primitivo y anacrónico propio de épocas pasadas pero que deberíamos ya dejar atrás. La psicología, especialmente en el campo del psicoanálisis, le restó importancia y en el mejor de los casos lo despojó de sus connotaciones morales por considerarlas lesivas para la autoestima del individuo y con un potencial traumático para la personalidad. Aun la teología cristiana liberal decidió sacar al pecado del cuadro, al punto que la memorable, sucinta pero precisa descripción de esta teología hecha en el siglo XX por el teólogo norteamericano Richard Niebuhr mantiene toda su vigencia al referirse a ella de esta manera: “Un Dios sin ira, lleva a gente sin pecado, a un reino sin juicio, mediante la obra de un Cristo sin cruz”.

Finalmente, el pensamiento secular al consagrar como uno de nuestros presuntos derechos el llamado “derecho al libre desarrollo de la personalidad” le expidió al pecado su carta de defunción, pues implícito en este derecho se encontraría nuestra prerrogativa a equivocarnos como parte irrenunciable del libre y saludable desarrollo de la personalidad.

Así, pues, ante la imposibilidad de esconder de manera absoluta nuestros pecados por mucho que se les quiera justificar o maquillar con fachadas de respetabilidad, hoy hemos optado por disimularlo e incluso hacer ostentación de él al designarlo con uno de los muchos eufemismos que el pensamiento políticamente correcto ha puesto en boga.

Entre estos podemos señalar que ya no es bien visto decir

“prostituta” sino “trabajadora sexual”. No es correcto “sudar” sino “transpirar”. Es ofensivo señalar la “raza” de alguien, pues ya no existen las razas sino las “etnias”. Por consiguiente ya ni de cariño se le puede decir “negro” a alguien, así lo sea, sino que hay que referirse a él como “afrodescendiente”. Pero tampoco se le puede decir “blanco” al individuo de cabello y ojos claros y con escasa pigmentación en su piel, sino “caucásico”. Si alguien se nos acerca con “mal aliento” es solo impresión nuestra, puesto que lo que en realidad tiene es “halitosis”. Y si tiene el pésimo gesto de soltar “gases” en público ya no se le puede reprender, sino compadecerlo por sus incontinentes “flatulencias”. Algunos incluso han llegado a creer que “político” es un eufemismo para “corrupto” al punto de señalar como una redundancia la expresión “políticos corruptos”. ¡A tal grado de imperdonable confusión nos ha conducido el pensamiento políticamente correcto! Pero, bromas aparte, de la mano de este sistemático recurso a los eufemismos consagrado por el pensamiento políticamente correcto hemos llegado a creer que ya no cometemos “pecados” sino que, a lo sumo, cometemos “errores”. Y lo hacemos debido a que éste es, al fin y al cabo, nuestro derecho. Después de todo “errar es humano” reza la sabiduría popular, pues “nadie es perfecto”. Expresiones populares que han dejado de ser una descripción de nuestra condición humana caída que admitimos y lamentamos con pesar, para convertirse en derechos inalienables que ya no afectan nuestra conciencia pues los damos por sentados con indiferencia o les prestamos escasa atención, cuando no los exhibimos con desvergonzado descaro.

Al amparo de todo lo anterior la expresión “perdonar es divino” ha dejado también de ser una forma de referirse a la inmerecida gracia que Dios concede a los seres humanos en Cristo, para transformarse en una obligación que Dios tiene para con los seres humanos, pues debe aceptarnos como somos, con todos nuestros errores e imperfecciones, y con mayor razón si somos creación suya.

En el ámbito de la iglesia es cada vez más habitual que los cristianos digan “cometí un error” cuando deberían decir “cometí un pecado”, como si ambas expresiones fueran intercambiables entre sí. Pero no es así pues el error puede ser disculpado pero el pecado sólo puede ser perdonado. Más exactamente, el error se arregla con una disculpa, el pecado únicamente con arrepentimiento y confesión. El motivo por el que llamamos error al pecado es la intención de mitigar su gravedad despojándolo de sus connotaciones éticas y morales para no tener que rendirle a Dios cuentas por él. Contrasta el hecho de que, mientras nosotros llamamos error al pecado para mitigar su gravedad, el rey David llamaba pecado a sus errores pidiendo perdón a Dios por ellos: “¿Quién está consciente de sus propios errores? Perdóname aquellos de los que no estoy consciente!” (Sal. 19:12). No le faltó razón a George Soros al declarar: “Cuando se comprende que la condición humana es la imperfección… ya no resulta vergonzoso equivocarse, sino persistir en los errores”.

Resulta muy dudoso llamar “errores” a acciones humanas como las que ocupan todos los días los titulares y las primeras páginas de todos los medios de comunicación en esta “aldea global” en que se ha convertido nuestro mundo. Son justamente las inocultables y dolorosas consecuencias de nuestros “errores” las que han llevado a la sociedad secular a tener que lidiar con ellas con desventaja, tratando de hallar su causa en fuentes externas al individuo, como si éste último fuera tan sólo una víctima de las circunstancias y cuya conducta salpicada de “errores” fuera simplemente una inevitable reacción condicionada por el entorno en que le ha tocado vivir.

Los psicólogos y sociólogos conductistas piensan que bastaría modificar este entorno para reducir y llegar a erradicar los “errores” en las vidas de las personas, intención muy loable pero al mismo tiempo ingenua pues insiste en ubicar en el lugar equivocado la causa de los mal llamados errores humanos.

La psicología y las ciencias sociales han contribuido de este modo a atenuar la gravedad de la culpa de los pecadores que transgreden las leyes humanas y divinas, lastimando a la sociedad de la que forman parte. Tanto así que muchos están convencidos de que, como lo afirma Jack Beatty: “La violencia en las calles tiene contextos sociales, no causas sociales”. Así, se dice que el contexto social condiciona la conducta de los transgresores de tal modo que pareciera que no les quedara más opción que actuar de la manera en que lo hacen. Incluso sus motivos para actuar de este modo estarían, entonces, determinados por el contexto social en el que les ha tocado vivir. Son simples víctimas de sus circunstancias.

En realidad, el pecado humano no se explica, —ni mucho menos justifica—, entendiendo los contextos sociales en los que tiene lugar y ni siquiera los motivos conscientes esgrimidos por los transgresores. Por eso, modificar favorablemente los contextos sociales podrá disminuir los delitos, pero no eliminarlos de ningún modo, pues los transgresores, pecadores irredentos, encontrarán nuevos motivos que les sirvan de pretexto para tratar de justificar sus transgresiones. No debemos, por tanto, confundir contextos, motivos y causas. Las ciencias podrán entender los contextos y hasta descubrir y explicar los motivos de la errática conducta humana, pero la verdadera causa de ella será para la ciencia siempre un misterio profundo cuyo poder escapa a su comprensión y que forma parte de lo que el apóstol llamó: “… el misterio de la maldad” (2 Tes. 2:7).

La Biblia penetra en este misterio, revelándonos que la causa de la maldad humana no radica en los contextos ni en los motivos, sino en una universal y radical corrupción de nuestra naturaleza que remonta sus orígenes a la caída en pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva, en lo que se conoce como la doctrina del pecado original. A la luz de lo que vemos a diario en los noticieros de la noche y a nuestro alrededor, la doctrina del pecado original se vuelve una explicación tan lógica que se cae de su peso.

Sin embargo, la sociedad secular cierra sus ojos a esta lógica. No por nada el prestigioso psiquiatra Thomas Szazs decía con tono mordaz que “los criminales ya no son ejecutados; son tratados” añadiendo luego: “En realidad, la mayor parte de los criminales es normal, e incluso suficientemente inteligente para llevar a cabo crímenes muy complejos”. Y no se trata aquí de protestar contra los que impugnan la pena de muerte para los criminales sino más bien de protestar contra quienes niegan o atenúan su culpabilidad personal, ya sea atribuyendo su comportamiento criminal a causas congénitas, o peor aún: dispersándola en la sociedad de la que forman parte, cuyos miembros llegamos a ser “coculpables” con ellos al haber contribuido de algún modo a configurar la situación social que propició sus crímenes o que, al menos, los hizo posibles. Asimismo, al diagnosticar locura a los criminales acallamos nuestra propia conciencia rotulándolos como “enfermos”, incapaces de admitir la posibilidad de que en nosotros mismos exista un potencial para la maldad como el que los criminales en cuestión manifiestan. Así, pues, transformamos a los criminales atroces, de malvados y culpables, en enfermos y víctimas, para poder así dormir nosotros mismos con la conciencia tranquila.

Los “locos” se convierten así en los chivos expiatorios de las culpas de la sociedad de turno, de la mano de una “ciencia” que quiere hacernos creer que no somos realmente responsables por nuestros actos, pues estos estarían absolutamente condicionados por los genes, el medio ambiente o el entorno social, o todos juntos. Como quiera que sea, los “locos” incomodan a la sociedad porque dejan al descubierto el potencial para el mal de nuestra humana naturaleza o, en otras palabras, nuestra latente perversidad producto de nuestra naturaleza caída. Naturaleza caída que se comienza a manifestar, paradójicamente, en el escándalo que nos produce la misma noción de pecado.

De hecho una de las experiencias más exasperantes del ministerio pastoral en la que debemos con frecuencia declararnos impotentes, es tratar de llevarles el evangelio a esos “hombres de bien”, trabajadores y satisfactoriamente responsables en sus hogares con sus esposas e hijos, que pagan sus impuestos cumplidamente y que, en sus propias palabras “no le hacen mal a nadie”. Gente que no desentona para mal pero tampoco se destaca para bien. Personajes que pueden aceptar de manera entusiasta muchos de los aspectos del evangelio, incluso los milagros, pero que cuando se menciona el pecado, se retiran de la conversación y cambian el tema, algo incómodos, debido a que supuestamente eso no tiene nada que ver con ellos, gente imperfecta, por supuesto, pero al final de cuentas “gente de bien”.

La humanidad prefiere permanecer sumida en la mediocridad de las masas que reconocer la realidad del pecado en su propia vida. Prefiere moverse con algo de solvencia en la línea de los promedios o los estándares sociales. Prefiere ser parte de aquellos a quienes C. S. Lewis se refirió como esa mayoritaria “… infrahumanidad más o menos satisfecha”, por contraste con el minoritario grupo de “… grandes pecadores… capaces de auténtico arrepentimiento, pues son conscientes de su verdadera culpabilidad”. Pero por nuestro propio beneficio, haríamos bien en reconocer que todos formamos parte de este último grupo. El grupo de quienes dejan de considerar como simples “errores” todas sus salidas en falso y comienzan a llamarlos por su nombre verdadero que no es otro que “pecado” y renuncian de paso a seguir esgrimiendo sus errores y pecados como derechos adquiridos por el simple hecho de haber nacido en este mundo.

Por: Arturo Rojas*

 

Acompañar los sucesos políticos atentamente, en oración, con pensamiento activo y consejo, formando juicios y actuando es una parte inviolable de la vocación de ser discípulos de este mundo”. Helmut Gollwitzer.

"Veremos si las autopistas de la información se convertirán en púlpitos modernos. Alguien dice que sí, que ya lo son, alguien dice que no, alguien dice que quién sabe" Es domingo de mayo del 2012 y faltan 10 minutos para las once de la mañana en Westboro, Illinois, en el noroeste de Estados Unidos.

No deja de ser inquietante que las encuestas ubiquen reiteradamente a Colombia en el podio de los países más felices del mundo. Y digo inquietante, porque por un lado es esperanzador, ya que esto puede indicar que la felicidad no depende de las circunstancias externas inmediatas –que en Colombia están lejos de ser óptimas– sino de la disposición interna de la persona. Pero por otro, puede ser el indicio de un conformismo resignado y escapista que se niega a reconocer y a asumir con toda la responsabilidad del caso las graves problemáticas sociales que agobian a nuestra nación.

Sea como fuere, la felicidad es tal vez la más fundamental y ancestral de las aspiraciones humanas. Los Estados Unidos la consagraron como un derecho en el preámbulo de su declaración de independencia y su idea de la felicidad está sintetizada en lo que suele designarse como “el sueño americano”, recreado en películas populares como la justamente llamada En busca de la felicidad, con la actuación estelar del actor Will Smith y su hijo Jaden.

No entraremos aquí en la consideración de si la felicidad es, en efecto, un derecho, pues esto depende de si se avalúa por referencia a Dios o a los hombres. Lo que si no puede negarse es que un mundo feliz es la aspiración universal de todo el género humano.

Aldoux Huxley escribió su novela más conocida y celebrada bajo el título Un mundo feliz, concibiéndolo con ironía como una sociedad totalitaria estratificada en castas diseñadas genéticamente y condicionadas mediante la combinación de un bombardeo continuo a la mente de consignas y lemas al mejor estilo conductista y una exaltación permanente de los sentidos mediante la satisfacción inmediata de todos los deseos, que no da tiempo a la gente de pensar y examinar las bases ideológicas de la sociedad en que viven.

¿Utopía o realidad?

En vista de lo anterior, cabe preguntarse si un mundo feliz no es más que una ilusión utópica irrealizable o una aspiración válida que tendrá cumplimiento cabal en el futuro. En el marco del cristianismo la felicidad es una aspiración asociada al cumplimiento final y pleno de los propósitos de Dios en el mundo. El estado de beatitud o dicha eterna que Dios promete a todos los suyos en el marco del establecimiento final de su reino. Todo cristiano auténtico no deja de estar motivado por el anuncio de un día en que escucharemos estas palabras de los labios de Dios: ¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor! Mateo 25:23.

Es que el cristianismo no concibe la felicidad al margen de Dios. En este sentido la felicidad es un asunto que tiene que ver más con nuestra relación con Dios que con nuestras circunstancias materiales externas, por buenas que puedan ser o parecer. Es famosa la frase de Agustín de Hipona que dice: “Tú nos hiciste para ti mismo, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse de nuevo en ti”.

John Stuart Mill dio en el blanco al afirmar entonces: “Solo son felices… quienes tienen la mente fija en cualquier otra cosa que no sea su propia felicidad”. La felicidad no puede alcanzarse si se la convierte en un fin en sí misma, desligada del bienestar de los demás y, sobre todo, desligada de Dios que es el único que puede conceder felicidad consistente a los seres humanos que se rinden y consagran a Él con fe en la persona de Cristo y, gracias a Él, logran transformar sus malas actitudes y comienzan a ver la vida con otros ojos al punto que:

“Para el afligido todos los días son malos; para el que es feliz siempre es día de fiesta. Proverbios 15:15. Porque la felicidad que depende tan sólo de las circunstancias inmediatas y de los bienes que se poseen es muy frágil y engañosa.

La fe transforma actitudes, conductas y circunstancias

Feliz 1

Ahora bien, la felicidad alcanzada por el creyente en virtud de su relación con Cristo y la favorable transformación de su carácter lograda al centrar su vida en Dios, no tiene que limitarse a su condición interior y a un mero cambio de actitud ante la vida, sino que puede incluir también las circunstancias externas de bienestar, justicia, paz y fraternidad que se asocian comúnmente a un mundo feliz.

Pero este será siempre el complemento de la felicidad y no su causa. Un valor agregado siempre deseable, pero no lo esencial. Porque la fe no sólo transforma las malas actitudes interiores sino que se exterioriza a través de una conducta que promueve cambios en el entorno social inmediato de la persona. Cambios que fomentan el bienestar de todos los que se desenvuelven en este entorno.

Obviamente, estos cambios están lejos de resolver de manera absoluta todas las problemáticas que impiden a los hombres ser felices. Es sabio y prudente reconocer este hecho, pues, como lo dijo Nicolás Gómez Dávila: “La sabiduría no consiste en resolver los problemas, sino en amansarlos”.

En las actuales condiciones de la existencia, la humanidad en su conjunto nunca logrará remediar todas las injusticias, pero si debe esmerarse por resolver las que están en sus manos remediar. Este esfuerzo es ya en sí mismo una fuente de felicidad.

Una nueva creación, esperanza realista

¿Debemos, entonces, resignarnos a que, por más que nos esforcemos, las condiciones externas ideales evocadas con la expresión “un mundo feliz” nunca se alcanzarán en este mundo?

De ningún modo. Voltaire dijo con precisión que: “Un día todo estará bien, esa es nuestra esperanza, todo está bien hoy, esa es nuestra ilusión…”. Por supuesto, es ilusorio pensar que todo está bien hoy. Pero al mismo tiempo no es descabellado esperar que un día todo lo esté finalmente. Esta  esperanza realista es central en el cristianismo y se alcanzará cuando se realice lo que la Biblia llama “la nueva creación”. Porque vivimos, por lo pronto, en la vieja creación descrita en los primeros dos capítulos del Génesis, echada a perder y sometida a la corrupción y el deterioro por causa del pecado. Pero nos espera la nueva creación, gloriosa e incorruptible y que no padece, por tanto, del deterioro al que se halla sometida la vieja creación.

La fe en Cristo nos introduce desde ahora en esta nueva creación: Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! 2 Corintios 5:17. Una nueva creación de la que nuestro cuerpo aún no participa, sometido como se encuentra todavía al deterioro y corrupción propios de la vieja creación caída, pero de la cual nuestro ser interior eficazmente redimido ya participa a la espera del momento en que Cristo regrese y la vieja creación ceda paso de lleno a la nueva, caracterizada por … un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia. 2 Pedro 3:10, 12-13, en los cuales no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir… Apocalipsis 21:4-5.

El cristiano tiene así su vista puesta en ese futuro mundo feliz, pero al mismo tiempo mantiene sus pies en este mundo no tan feliz, no obstante lo cual disfruta desde ahora, por medio de la fe, de un anticipo de esa felicidad definitiva que caracterizará a la nueva creación, colaborando a su vez a establecerla en la medida de sus posibilidades. Después de todo ya lo dijo C. S. Lewis:

«…los cristianos que más hicieron por este mundo fueron justamente aquellos que más pensaban en el mundo que viene... Apunta al Cielo, y tendrás la tierra ‘de añadidura’».

Porque Dios nos promete a los creyentes un mundo feliz que incluirá cielo y tierra por igual: Presten atención, que estoy por crear un cielo nuevo y una tierra nueva… Alégrense más bien, y regocíjense por siempre, por lo que estoy a punto de crear: Estoy por crear una Jerusalén feliz, un pueblo lleno de alegría. Isaías 65:17-18. 

Por: Arturo Rojas, director de la unidad educativa Ibli – Facter de la Iglesia Casa Sobre la Roca en Bogotá.

Durante el Foro Iberoamericano de Diálogo Evangélico 2013, llevado a cabo en Tegucigalpa, Honduras, y que contó con la participación de representantes de 21 Alianzas y Confraternidades Evangélicas Nacionales y de países Latinoamericanos, se conformó la Alianza Evangélica Latina (AEL).

Dichos representantes cristianos decidieron apoyar la conformación de la Alianza Evangélica Latina como una organización que integre las Alianzas y Confraternidades de cada país afiliadas oficialmente a ella, y con el objetivo general de ser un instrumento de unidad, representación, diálogo y cooperación entre las diferentes alianzas de los países miembros

Entre los propósitos del ministerio de la Alianza Evangélica Latina están el promover y defender los valores y principios establecidos en la Palabra de Dios, actuar en instancias internacionales como la voz representativa de sus miembros, pronunciarse frente asuntos de interés común de las respectivas Alianzas y de la sociedad, y fortalecer las Alianzas evangélicas miembros y sus relaciones.

Así como fomentar la cooperación entre los miembros para el logro de los fines de las Alianzas, expresar la unidad espiritual, el testimonio conjunto y contribuir a la construcción del pensamiento teológico, la participación en los foros y encuentros que tienen como propósito defender la libertad religiosa, las causas de la paz y la justicia y, finalmente, equipar a la Iglesia para ser un agente de transformación socio espiritual de la sociedad.

Durante esta convocatoria, también se eligió  la Junta Directiva de La Alianza Evangélica Latina (AEL), resultando como Presidente de la AEL el Pastor Alberto Solórzano, quien es el actual Presidente de la Confraternidad Evangélica de Honduras y Presidente de la Confederación Evangélica de Centroamérica (CEDECA). El Pastor Solórzano es un reconocido líder espiritual de influencia nacional en Honduras; en su gestión presidencial será acompañado por: Walter Contreras de Estados Unidos como Vicepresidente; y la función de Secretario, Agustín Aguilera por los Países Bolivarianos; y como Voceros ejercerán Cirilo Cruz  de México; Jorge Taberna de Uruguay; Mariano Blázquez  de España; además de un representante de Brasil. 

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