Martes, 11 Julio 2017 22:12

De la corrupción y otros demonios

¿Qué posición debemos tomar los cristianos? La corrupción parece ser un tema fundamental cuando se habla de política; parece que existiera una asociación automática en nuestro cerebro entre estas dos palabras. Desde siempre se ha visto dañada la actividad y el servicio político por causa de la corrupción.

Vemos cada vez más y más formas de expresión en las que se conjugan para hacer un daño incalculable a la sociedad. Arruinan naciones enteras y se traducen en una, cada vez más, profunda desigualdad social que anima a las masas a entrar a ser parte de esa élite que está a cargo de la administración del gobierno: unos para querer cambiar el sistema, otros para sacar igual provecho de esta enfermedad. Pero, ¿cuál debe ser la actitud de un cristiano frente a este mal?

Lo primero que debe hacer un cristiano es separar la política y la corrupción a la hora de enfrentar el problema. La política de por sí no es mala, está diseñada para que servidores públicos atiendan las necesidades de la nación, tomen decisiones de Estado y administren los recursos que existen en un país. Parece sencillo, pero cada una de estas funciones necesitan preparación, experticia y mucha sabiduría. Asimismo, la Biblia nos enseña que toda autoridad es puesta por Dios, por lo que la política no es algo demoníaco, es Dios quien la dirige; es más, la instrucción es clara: oren por sus gobernantes, si le va bien a ellos, le va bien a la nación. Orar es un acto de bendición y no de maldición, crítica o murmuración. El  problema cristianismo-política ha estado, tal vez, en que como cristianos le dimos la espalda al ver cómo se manejaba y quisimos dedicarnos a levantar voces de crítica sin acción pero no oraciones. Después, pensamos que lo ideal era que la Iglesia, como institución y no como cuerpo de Cristo, se hiciera cargo del Estado, queriendo así volver a un modelo que se abolió en la Constitución de 1991 y en la que los protestantes estábamos al margen de la sociedad ¡Un absurdo!

Gracias a Dios la mayoría de líderes eclesiásticos, (aunque algunos insisten), se dieron cuenta que la cristianización de la política era diferente a politizar la Iglesia (como cuerpo de Cristo y no como institución). Ese período le hizo mucho daño al cristianismo protestante en Colombia, pues la Iglesia quedó mal parada en varios temas porque los Pastores que incursionaron estaban preparados (y llamados) a dirigir, edificar y cuidar al cuerpo de Cristo y no lo estaban para tomar las riendas del gobierno y, mucho menos, para dar debate con expertos políticos bien preparados para esa tarea.

Por el otro lado se encuentra la corrupción. Ese sí es el problema. Lo que ha dañado el servicio público. A veces creemos que es algo exclusivo de la política, pero no. La vemos en todas partes (incluso en las iglesias, como institución), traficamos influencias, queremos trato especial, no llevamos una contabilidad clara, no nos gusta hacer la fila pacientemente sino que queremos pasar por encima de quienes han estado haciendo un esfuerzo por esperar su turno. Todo eso también es corrupción; es tan corrupto el que espera el trabajo porque su amigo es quien toma la decisión como todos los involucrados en Odebretch, Reficar o Dragacol (ya se les había olvidado este último ¿verdad?). Porque para Dios todos los pecados son iguales, y la corrupción, en cualquiera de sus formas, es corrupción. Ahora, al contrario de la política, en la que hemos sido muy activos, los cristianos hemos sido muy pasivos a la hora de enfrentar este flagélo de la sociedad. No hemos sido radicales y nos hemos dejado untar de muchas formas por la corrupción (recuerden, no sólo está en la política). No denunciamos, no hacemos marchas, no nos movilizamos, no votamos…en fin, creemos que es algo que no nos corresponde. Frente a la corrupción debemos unirnos, ser radicales y dar la buena batalla.

Pero entonces ¿Qué debemos hacer? Fácil: Actuar. Dios no nos llamó a ser pasivos sino a no cansarnos de hacer el bien, a ser activos y no reactivos. Si estamos cansados de la mala administración, nosotros los cristianos debemos prepararnos y cristianizar la política, no con sermones en medio de debates políticos, sino con buenas prácticas, con transparencia, sin tráfico de infuencias, con justicia…¡con la Verdad puesta en práctica!. Debemos cristianizar la política preparándonos, buscando ser profesionales según el llamado que Dios haya hecho a la persona. No todos podemos ser pastores pero tampoco podemos todos ser políticos. El cuerpo de Cristo tiene diferentes partes con diferentes funciones, hay que aceptar la función a la que Dios nos llamó, con humildad y amor. Debemos cristianizar la política votando, leyendo para hacerlo, denunciando los actos de corrupción, no sólo los que nos afectan moralmente, sino todos los actos de corrupción, pues la corrupción es un acto inmoral, que trae maldición sobre la nación. Debemos orar por nuestros gobernantes y no murmurar en contra de ellos; debemos perdonar; debemos amar; debemos honrar; debemos disciplinar.

En fin, la corrupción es un cáncer que afecta a todo nivel y que es mucho más notoria en la administración pública y de justicia. Por lo tanto, debemos ser intencionales y seguir los consejos que Dios nos da para llegar a ver una Colombia libre y en paz.

Por: Carlos Arturo Romero C.

Foto: 123RF

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