Martes, 21 Julio 2015 16:36

Mi hijo superó las drogas

Los papás vemos a los hijos como niños indefensos y no imaginamos sus alcances. Este es el testimonio de una madre que enfrentó con su hijo las durezas de la droga. A pesar de que la historia no ha terminado, se percibe la soberanía de Dios.

Me casé muy enamorada a los 23 años. Construimos un hogar que parecía muy bonito y tuvimos dos hijos: Juan Pablo y Andrés. Pronto comenzaron los conflictos. Mi esposo era infiel y bebedor, así que después de seis años el matrimonio terminó.

A pesar de lo duro del proceso, seguí siendo una madre presente, pendiente de mis hijos, de su educación y necesidades. Mis hijos tenían una vida aparentemente tranquila.

Juan Pablo, el mayor, sobresalía en todas sus actividades, le iba bien en todo y Andrés se destacaba por su físico, que le abría muchas puertas, pero esto comenzó a traer muchos problemas. Paralelamente me dijeron que tenía déficit de atención, pero nada me importaba porque sentía un amor infinito por Andrés. La vida entera giraba en torno a él. Le hice todos los exámenes para el déficit de atención, lo llevé a muchas partes, hice todo lo que estaba a mi alcance.

En ese momento estaba sola, nunca había pensado en rehacer mi vida, pero apareció una persona que poco a poco se ganó el amor de mis hijos, hasta ganarse la imagen de papá. Comenzó como un amigo, hizo amistad con ellos y se ganó su cariño hasta cuando decidí que nos diéramos una oportunidad. Quedé embarazada y comencé a ver la vida de otra manera.

El cambio

Debido a mi nueva relación y a mi embarazo, Andrés se sintió relegado. Él veía a mi pareja como un papá y estaba feliz por su nueva hermanita, pero sentía que lo estábamos dejando a un lado. Yo por mi parte sentía que no era así. Estaba pendiente de él más de lo necesario y así comenzaron los problemas.

Tanto Andrés como Juan Pablo aceptaban bien la Palabra de Dios y asistían a la iglesia, así que me sentía tranquila. Pero Andrés comenzó a hacer cosas que nos desconcertaban: se cortaba la piel, tenía actitudes extrañas, problemas en el colegio y hasta llegó a perder el año cuando estaba en octavo. Como su carita era tan inocente, nadie se imaginaba sus alcances… y a la par me negaba muchas cosas.

En ese entonces estudiaba en un colegio católico de formación fuerte, yo pensaba que sus problemas se debían a que no lo entendían, al déficit de atención, a la formación, etc. Como mamá, no quería aceptar lo que estaba ocurriendo.

Para que no se atrasara lo cambié de colegio. Entró a uno donde van los niños que pierden en los mejores colegios, muy complicado. Era normal que los estudiantes consumieran drogas, pero no marihuana o cosas así, sino pepas, drogas muy costosas y elaboradas.

Andrés tenía 13 años. Después de toda una vida de movilizarse en ruta comenzó a viajar en Transmilenio. Llegaba tres o cuatro horas más tarde de lo que debía.

Un día llegó borracho, así que tomé la decisión de sacarlo nuevamente del colegio. Entró a un “validadero” y eso generó muchos problemas porque ahí conoció lo inconocible. Había una juventud decadente; yo comparaba y no era solo él. Había muchos jóvenes en la misma situación. Así que lo dejé en casa tres meses.

No sabía qué hacer. Hablaba con él, oraba, pero no escuchaba algo claro. En el ministerio de Mujer Integral me ayudaron muchísimo. En general en la iglesia Casa Sobre la Roca, me decían “te tienes que casar para comenzar a organizar tu casa”, así que empecé a hacer los papeles, pero para Andrés eso fue peor.

Abrir los ojos

En ese momento nos dimos cuenta que Andrés estaba consumiendo drogas y no de las más sencillas. Yo soy diseñadora gráfica y por mi trabajo a veces debía usar cauchola. Un día noté que no estaba en el lugar, pero no presté atención. En un momento, mi otro hijo abrió la puerta del baño y encontró a su hermano inhalando cauchola. Juan Pablo dice que desde que lo vio nunca volvió a ser igual.

Para mí el golpe fue duro: siempre pensé que estaba ahí, que era suficiente lo que hablaba con él, que lo entendía y apoyaba, pero la verdad es que nunca estuve ahí. Empezó un proceso en la iglesia y a la par con un psicólogo cristiano.

Estaba en el grupo de jóvenes, tenía muchos apoyos... Lo paradójico es que cuando estuvo más metido en la iglesia fue cuando pasó todo. Hoy pienso que él hacía todo el proceso, pero por dentro seguía igual. Decía que tenía un vacío que nada podía llenar. Decidí entregarle la situación a Dios y soltar mi carga, a pesar de las actitudes desconcertantes.

Llegó el día de mi matrimonio. Teníamos reservaciones en un hotel para compartir con todos, pero Andrés dijo que se iba de la casa. Tenía 15 años. Oramos y le pedimos que no se fuera, pero se fue. Su papá biológico lo recogió. Fue un día muy difícil, yo no sabía qué hacer, pero era mi matrimonio y tenía una responsabilidad con mi esposo.

La recuperación

Decidimos ingresarlo a una fundación para que se recuperara de su adicción. Fue muy duro para él porque nunca se imaginó que yo pudiera tomar esa decisión. Fue la experiencia más dolorosa de mi vida, un despertar muy duro conocer sus alcances; nunca me imaginé que hubiera consumido y menos hasta dónde llegó, pero fue el momento en que lo solté y dejé en manos de Dios. Ahí tuve paz.

Después de dos meses salió renovado de la fundación. El proceso no fue fácil pero avanzaba. Juan Pablo, mi hijo mayor, fue un gran apoyo. Siempre habían estado muy distanciados, pero en ese momento se aliaron y comenzaron a trabajar juntos. A la par yo luché porque terminara el colegio. Entró a un “semestralizado”, pero para entonces ya él conocía lo bueno y lo malo, así que no estaba interesado en probar nada. Yo lo llevaba y lo recogía, luché a la par con él y lo logramos, se graduó el año pasado.

Han pasado cinco años desde que todo esto empezó. Andrés ya tiene 18. No puedo conocer lo que está pasando en su corazón, pero vivo tranquila porque sé que Dios tiene el control.

Foto: Flickr / Chuck Grimmett

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Este medio impreso cuenta con el respaldo de la iglesia Casa Sobre la Roca.

 

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