Martes, 03 Mayo 2016 21:11

Reflexiones de una mujer que cayó en adulterio

Cuando las personas contraen matrimonio, se supone que la motivación principal es el amor. Aunque quise mucho al papá de mis hijos, mi motivación principal para proponer que nos casáramos era no perder mi virginidad completamente.

Aunque suene ridículo y anticuado siempre quise casarme virgen, era importante para mí; pero a los 15 años me di ciertos permisos inapropiados para un noviazgo. Independientemente de la edad, estas conductas te llevan a un mundo fuera de control, las hormonas son las que deciden por ti y las convicciones pierden la batalla.

Nosotros no tuvimos tiempo suficiente para conocernos y forjar una amistad, iniciamos un noviazgo basado en los principios del mundo. Como era de suponerse, quedé en embarazo a los 16 años a pesar de mis convicciones “claras” y luego de negociar algo tan valioso, también tenía “claro” que ¡nunca iba a abortar!, pero la presión del momento me llevó a esconder la consecuencia de nuestros encuentros secretos, y fue ahí cuando a los pocos meses de embarazo tomé unas aguas y hiervas con el fin de expulsar el bebé que estaba creciendo dentro de mí. Yo no quería perder a mi hijo. Antes de consumir esas pociones le pedía en oración a un Dios que no conocía muy bien que guardara su vida. De pequeña alcancé a escuchar algo de Jesús en mi casa, y en los momentos difíciles salía a flote. Para bendición de todos, esa oración no solo fue escuchada sino respondida de manera positiva. Finalmente mi bebé permaneció donde debía estar.

Pasó el tiempo, mi hija estaba a punto de cumplir dos años, nos casamos por lo civil, pero la verdad no fue como lo soñé… que llegara un hombre dispuesto a pagar el precio por mí y dijera: “¿Quieres casarte conmigo?” Al contrario, por poner todo en “orden” fui yo quien le dijo al papá de mi hija, ¿nos casamos? El dijo, “bueno”. Así inició mi matrimonio.

Empezar algo de forma incorrecta, sin tomarse el trabajo de poner todo en orden es indicio de que las cosas serán más difíciles de lo normal. Un matrimonio nunca será color de rosa, tampoco un cuento de hadas donde serán “¡felices para siempre!”. El matrimonio es una relación donde debe morir el “yo” para hacer feliz a alguien diferente de nosotros mismos, contrario a lo que muchos pensamos erróneamente sobre el matrimonio: “me casaré para que alguien me hagan feliz”. Ser verdaderamente feliz es el resultado del gran amor que nos ha manifestado Dios por medio de Jesús. Si Él no es quién nos da esa plenitud, nada ni nadie lo hará. Una verdadera relación personal con Jesús podrá dar como resultado la capacidad de amar.

La mayoría de personas van por la vida en búsqueda de la persona ideal, pero la verdadera y principal tarea debería ser trabajar en ser la persona ideal para alguien más, ese alguien que elegimos para amarlo a pesar de sus errores, caprichos e ideas diferentes a las nuestras.

El verdadero amor solo es posible cuando estoy pleno y dispuesto a dar todo por la felicidad de alguien diferente de mí. Logramos esa plenitud de la mano de Jesús, entendiendo Su gran amor (ver Juan 3:16) y comprendiendo que Él es el único capaz de llenar todas nuestras necesidades. Amar es una decisión que logramos tomar cuando hemos sido amados primero. La Biblia es clara, en ella encontramos las claves para una relación matrimonial como debe ser (ver Eclesiastés 4:12) Dios es ese tercer hilo que hace un matrimonio irrompible. Cuando Él no ocupa el primer lugar en cada corazón, la relación corre el riesgo de ser tan frágil como un vaso de cristal.

Anhelo volver a casarme y que Dios me dé otra oportunidad para hacer las cosas correctamente desde el principio y en orden empezando por: una amistad verdadera, luego el compromiso del noviazgo y por supuesto, la bendición del matrimonio. A pesar de haber fracasado esta vez, sé que el matrimonio es el estado ideal de una persona. Dios nos creó para complementarnos: hombre y mujer.

Mi mayor error fue anhelar un pastor en mi hogar que cuidara de mí y de nuestros hijos como sus ovejas más preciadas. Yo exigía que él tuviera una relación con Dios (que ni yo misma tenía) y demandaba de él oración familiar y en pareja, cuando yo no estaba haciendo mi parte. Las mujeres solemos tener un afán de dirigir y controlar todo, cuando deberíamos dejarnos dirigir y entregar el control de nuestras vidas a Dios.

Somos muchos los cristianos que pensamos que hacer parte de un ministerio en la iglesia es muestra de amor a Dios, pero en muchos casos no es así; es algo operativo que nos hace omitir nuestra responsabilidad de cultivar una verdadera relación en lo íntimo. Tanta actividad dominical nos fue desconectando  como pareja y como familia… engañados, pensábamos que eso era estar cerca a Dios. No solo estaba insatisfecha con la falta del sacerdote en mi hogar, sino que además me permití comparar a mi marido con el esposo “más espiritual” de mis amigas de la iglesia. Al permitir estos pensamientos, iba derecho y en picada a una caída segura, tardó un buen tiempo en ser consumado por la falta de oportunidad.

La mayoría de personas casadas no han cometido adulterio porque no se les ha presentado la oportunidad, generalmente tenemos la actitud adecuada para ser infieles a nuestros cónyuges en todo sentido.

Hoy en día veo personas casadas que se dan cierta clase de permisos que no deberían ser, eso hace que su vigor y fuerzas resulten llenando el tanque ajeno, o peor aún: llenan su tanque con el combustible de alguien más con abrazos fuertes (cuerpo a cuerpo), besos al saludar, atención desbordante, amabilidad en exceso, entre otros, que solo debieran ser exclusivos para el cónyuge cuando somos personas casadas. Puede sonar extremo, ¿pero para qué jugar con fuego y estar al borde del peligro cuando tenemos a alguien en casa para amar? Todas estas concesiones que admitimos “inocentemente” pueden ir dañando nuestra relación matrimonial y llevarnos a un difícil desenlace de inconformidad, insatisfacción, tristeza, amargura, adulterio, o como me sucedió a mí: todo lo anterior más un divorcio.

A pesar de haber tenido una infancia oscura, abusada desde los cuatro años y haber perdido la inocencia a tan temprana edad; mi decisión fue ser íntegra en el área sexual y no permitir la promiscuidad en mi vida. Pero en ocasiones no somos conscientes que en muchos casos caemos en promiscuidad emocional. Cuando la mujer comete adulterio generalmente el cuerpo es lo último que se entrega, en cambio los hombres, la mayoría de veces se dejan llevar a una relación extra matrimonial más por deseo carnal que por un sentimiento profundo del alma y corazón. Un matrimonio corre peligro cuando es la mujer quien ha faltado a su compromiso de fidelidad.

Tengo treinta años, estoy reconstruyendo mi vida, mi corazón y mi familia de la mano de Dios; ahora soy la sacerdote de mis hijos. La tarea más importante en este momento es velar por su cuidado, bienestar, pero sobre todo por su crecimiento espiritual. El árbol cae, pero hay que cuidar las semillas que quedan para que sean árboles que den un fruto y perduren. Aprendí y sufrí el dolor de pecar siendo una hija de Dios, no porque haya estado libre de pecado antes de cometer adulterio, sino porque reconocí que antes de eso ya estaba pecando a diario y lo peor era que no me daba cuenta… me creía muy pura y sin pecado por haber tenido solo un hombre en mi vida, sin dedicar suficiente tiempo para confesar a Dios, mis pecados de queja, murmuración, insatisfacción, juicio hacia otros creyentes, abandono de mis hijos, entre muchos otros.

Sigo trabajando en fortalecer mi relación con Jesús cada día, en poner las barreras adecuadas a los hombres en general, tanto solteros como casados. No quiero dar pie a que un nuevo descuido me aparte de las bendiciones que Dios tiene para mí y mi familia. Anhelo ver hechas realidad las promesas de restauración que Dios ofrece a nuestras vidas. Espero que esta historia les dé una visión diferente del matrimonio, de las relaciones interpersonales y de lo importante que es tener una verdadera relación con Dios.

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