Martes, 06 Septiembre 2016 01:07

¿Agotado a los 30?

El ritmo de vida actual ha llevado a los jóvenes adultos a sentir que ya no pueden más.

¿Es esto la felicidad? ¿Una concatenación de acontecimientos emocionantes entre un despertar lento y un acostarse molido? Estoy súper orgulloso de mi vida: tengo muchos amigos con los que me río cantidad, hablo varios idiomas a lo largo del día, tengo una cultura aceptable, un trabajo que me da de comer y es entretenido, alguna colaboración que quizá se acerca más a lo que yo soñé de mí mismo, una vida sexual activa en un matrimonio maravilloso, estoy en forma y aún me queda tiempo y dinero para hacer un par de viajes al año. Pero tras esa sonrisa satisfecha se esconde el terror que me produce pensar que si esta va a ser mi vida los próximos 30 años me tiro por el puente ahora mismo, porque yo no puedo más. Esta felicidad me está dejando deslomado.

Es como qué bonita es Roma pero, ¿quién mantiene todo este patrimonio? Y pienso que a mi edad mis padres tenían cuatro ‘churumbeles’ que daban bastante la lata y yo nunca percibí en ellos señales de ese agotamiento tan de nuestra época. Así que, antes de asumir que somos unos flojos, voy a intentar ver cuáles son las diferencias entre ellos y nosotros.

Por empezar con algo: ¿Cuándo fue la última vez que tus vacaciones fueron irte a una playa y no hacer nada durante diez días? Primera diferencia: para mí ahora las vacaciones son tomar un vuelo de varias horas, llegar a un país de condiciones extremas o lengua distinta, o caminatas interminables y así desconectar la cabeza. Pero, ¿cuándo desconecto el cuerpo? Vuelvo el día antes de la reincorporación al trabajo a las 12 de la noche y entro ya arrastrándome a la oficina tras mi supuesto descanso.

Segundo punto: ¿Cuántos amigos tenían tus padres? Más bien pocos. ¿A cuántos cumpleaños de amigos viste que fueran tus padres entre los 30 y los 40? La amistad pasó a un segundo plano a los 25 y bienvenidos fueran los reencuentros puntuales, pero sin excederse. Mi padre y mi madre hablaban mucho entre ellos, eso sí, y mucho conmigo y mis hermanos, desde luego. Mi padre tenía la curva de la felicidad, pero ahora hemos pasado al six-pack de la felicidad. Ahí nos han dado el cambiazo a traición.

Y quizá lo más importante: “¿Hola, puedo hablar con el señor Sancho Senior?” “No, ha salido. Volverá en tres horas aproximadamente”. Y hasta las tres horas no se comunicaba y no se caía el mundo, como nunca vi a nadie llamar a casa a molestarlo por razones laborales. Quizá ahora estemos cansados de estar siempre “con los nervios del directo” de la exposición y localización permanente.

En casa comíamos muy bien, pero sin todas las comidas elaboradas que ahora nos obligamos a hacer. Unas acelgas, un filete a la plancha y un pescado al horno. Ni emulsiones, ni reducciones, ni marinados. Todo de batalla y bien digno. Más sano, además, y el restaurante para las fiestas, y a veces ni eso.

Tampoco vi a mis padres muy preocupados por estar a la última en nada. Asumieron bien pronto que su música sería para siempre Mocedades y Paco Ibáñez y que sus películas favoritas eran las que grabaron aquella vez en vídeo. Si alguna les apetecía especialmente, íbamos al cine, pero si había que esperar a que la estrenaran en la tele cinco años después, no se acababa el mundo. Ahora, en cambio, hay algo de competición excluyente en cada simple conversación sobre si leíste esto, sobre si te has enterado de la serie que está triunfando en el canal de pago finlandés o si estuviste en el concierto irrepetible del otro día, porque no vi que pusieras nada en Instagram. Estoy bastante harto de esto.

Así las cosas, empiezo a entender que mis energías se me van en cosas bastante poco importantes. Y que no es que seamos flojos. Es que somos un poquito insensatos.

¿Por qué el agotamiento?

El libro de Eclesiastés (denominado por los expertos como el libro existencialista de la Biblia), es bastante claro sobre la importancia de saber emplear el tiempo: Lo más absurdo de lo absurdo, —dice el Maestro—, lo más absurdo de lo absurdo, ¡todo es un absurdo! ¿Qué provecho saca el hombre de tanto afanarse en esta vida? Generación va, generación viene, mas la tierra siempre es la misma. Sale el sol, se pone el sol, y afanoso vuelve a su punto de origen para de allí volver a salir. Eclesiastés 1:2-5.

Los avances científicos y tecnológicos nos han llevado a pensar que la calidad de vida mejora a medida que incluimos en nuestra cotidianidad todo este “progreso” y lo que ocurre es que nos estamos agotando. Vivimos preocupados por estar a la moda, por visitar todos los lugares, por aprender, por estudiar, ver, leer, crecer, probar. ¿Por qué? Porque de lo contrario nos estamos quedando y ¿qué va a pensar la gente? y ¿qué oportunidades vamos a tener?

Nos preocupamos demasiado por el qué dirán, vivimos creyendo que si no aprovechamos hasta el último segundo de nuestras vidas, la oportunidad estará perdida para siempre.

La psicóloga clínica Diana Hernández así lo confirma: “El trabajo está sobrevalorado. Se ve con muy buenos ojos que durante las vacaciones una persona se comunique con su trabajo para saber cómo van las cosas, que lleve labores para su casa y permanezca siempre alerta y conectado y eso acaba con los nervios y la salud de cualquiera”.

Además, va en contravía del mandato divino del descanso. Si Dios se tomó el séptimo día para descansar, ¿por qué nosotros no?

Entonces, ¿cómo combatir el agotamiento?

Para la doctora Hernández, la solución está en disfrutar lo que tenemos sin afanes. “Desconectarse de la tecnología y del mundo de vez en cuando es bastante saludable. De esta forma la vida es más llevadera y habrá tiempo suficiente para compartir con los seres amados. Esto elimina el estado de alerta en el que permanecemos cuando nuestras actividades no paran”, afirma.

Tenemos que aprender a vivir cada momento, a desconectarnos, a comprender que no pasa nada si perdemos una llamada o no respondemos el mensaje inmediatamente. Si en unas vacaciones en vez de ir a Europa nos vamos al río o si nos perdemos la fiesta, la película o incluso no tenemos el celular de moda. Nada pasa, la vida sigue e incluso puede ser más tranquila.

Tampoco se trata de no esforzarse, de no ser responsables o no querer vivir ciertas experiencias sino de comprender que, como dice la Biblia, hay un tiempo para todo. Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. (…)¿Qué provecho saca quien trabaja, de tanto afanarse? He visto la tarea que Dios ha impuesto al género humano para abrumarlo con ella. Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Eclesiastés 3:2, 9-11.

Además, aprender que todo esto no es más que una vanalidad, nos enseña a depender de Dios. A entregarle cada cosa y a entender que lo más preciado que tenemos es la vida y es para disfrutarla, no para verla pasar escondidos tras una falsa felicidad. Nuestra esperanza está en la eternidad, no en aquello que logremos hoy.

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