Sábado, 28 Marzo 2015 00:00

Expectativas irreales

Mi pareja llegó a Cristo, pero las cosas no marchan como deberían. 

Los dilemas son parte de la vida de todo ser humano. Y la vida cristiana no los elimina. Puede más bien agudizarlos en ocasiones. Es cierto que el emprender una relación matrimonial bajo los parámetros de Dios hace más fácil, disfrutable y llevadera la vida en pareja, puesto que la presencia de Dios y de la Biblia −Su Palabra− en nuestra vida, nos otorga poder y guía para fortalecer y afianzar nuestras relaciones de manera constructiva y duradera, fundamentadas en la verdad. En especial si ambos están de acuerdo en agradar a Dios y asumir su responsabilidad en el matrimonio, obteniendo como resultado plenitud y felicidad para los miembros del hogar.

Pero esta idealización del matrimonio cristiano puede ser ingenua y alejada de la realidad, generando mucha frustración, amargura y resentimiento cuando nuestras expectativas al respecto no se cumplen. Esto sucede, naturalmente, cuando nuestro cónyuge no conoce ni ha entablado una relación personal con Cristo, caso en el cual no tenemos tan elevadas expectativas, pues somos conscientes de que nuestra pareja no comparte nuestras prioridades, sistema de valores y estilo de vida cristiano, lo cual explica los eventuales problemas e incomprensiones mutuas en la comunicación, como si habláramos idiomas diferentes, pues estamos, virtualmente, viviendo en un “yugo desigual” (2 Corintios 6:14 RVR).

Pero cuando uno de los cónyuges ya es cristiano y su contraparte no creyente acepta el Evangelio, podemos pensar que hemos “cogido el cielo con las manos” como se dice coloquialmente cuando creemos haber alcanzado la cima anhelada. Estas expectativas se ven reforzadas cuando el nuevo creyente se incorpora efectivamente a la vida, actividades y ministerios de la iglesia, entre los que se destaca el congregarse cada domingo.

Ante este promisorio panorama el desconcierto nos invade cuando vemos que, a pesar de todo esto, nuestras parejas no corrigen su lista de prioridades como sería deseable, de modo que lleguen a ser más sensibles y considerados y a pasar más tiempo con nosotros en pro de una comunicación más franca y sincera y que tampoco con los hijos las cosas son muy diferentes. En estos momentos los cuestionamientos acerca de la eficacia y el fruto de nuestra fe no se hacen esperar.

La realidad no es siempre como la imaginamos

Este tipo de situaciones pueden, con todo y su dureza, convertirse en una prueba para fortalecer nuestra fe, pues en medio de ellas adquirimos una vívida conciencia de que, indiscutiblemente, el único que puede cambiar los corazones es Dios, conduciéndonos a un compromiso renovado −en particular del cristiano más comprometido y maduro en la relación− para perseverar en la oración y en la práctica de un amor paciente, abnegado y tolerante, creyendo firmemente en las promesas de Dios para nuestras vidas.

Debemos entender que los nuevos creyentes son inmaduros y, como tales, les toma tiempo asumir compromisos genuinos y consistentes ante Dios para discernir y hacer su voluntad, poniendo en práctica todo lo que esté en sus manos para mostrar fruto en sus vidas para beneficio propio y de quienes los rodean en el propósito de disfrutar de la vida abundante que Cristo vino a ofrecernos.

Es importante aclarar que ser salvo no significa ser perfecto y que cosechar el fruto de una vida rendida a Dios es un proceso que lleva tiempo, aunque sea nuestra disposición la que determine en buena medida cuánto nos llevará dar fruto en el proceso. Después de todo, ningún cristiano obedece a cabalidad la Palabra de Dios, pues si bien ya no somos practicantes habituales del pecado, seguimos pecando eventualmente. Así que debemos ser pacientes con nuestras parejas y orar para que Dios los disponga para hacer lo correcto y amarlos sin condiciones.

Si una persona de mal carácter y de temperamento irritable se convierte a Cristo, no obtendremos automáticamente un cristiano de buen carácter y de dócil temperamento. Es cierto que Dios es poderoso para pulir y transformar favorablemente nuestros defectos de carácter, pero no lo hace de manera mágica e inmediata y se toma su tiempo para tratar con la persona y movernos de paso a la oración paciente y perseverante, al servicio y al perdón.

Y más que pensar, desear y orar para que nuestra pareja cambie, debemos tener presente que nuestro matrimonio mejorará en la medida en que cada uno de nosotros aporte lo suyo para poder avanzar y crecer juntos alcanzando la satisfacción que añoramos cuando dimos el “Sí” en el altar. El matrimonio está llamado a ser una gran bendición, pero no siempre parece que sea así pues esto es algo que no se logra de un día para otro y sin un esfuerzo y una resolución conscientes y constantes de las partes.

Como atraer tu pareja a Dios

1 de Pedro 3:8 dice con claridad y contundencia: “… vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes” brindando la clave para los cónyuges creyentes en relación con los que aún no lo son. Al fin y al cabo, no todo depende de nosotros, como la Biblia lo da por sentado: Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. Romanos 12:1 8.

El amor al prójimo comienza en casa con nuestra pareja, nuestro prójimo por excelencia, a quien debemos manifestar solidaridad y amor filial y fraternal −además del amor romántico− pasando tiempo con ellos, compartiendo actividades, divirtiéndose juntos y disfrutando de su mutua compañía. Solo así podremos avanzar a niveles de relación más exigentes e íntimos y estaremos preparados para los momentos difíciles.

Los celos destruyen cualquier relación. Debemos, pues, evitarlos y no dar pie a ellos brindando a nuestra pareja un trato que la haga sentir segura de nosotros. Un trato que, lamentablemente, a veces le negamos, pero sí le dispensamos a los demás. Hay que darle a nuestra pareja el lugar que le corresponde en el hogar independiente del hecho de que esté a la altura requerida o haga o no méritos para ello, sea o no creyente. La plena satisfacción y deleite de la pareja en el nivel más íntimo únicamente florece en un ambiente de cercanía, confianza y calidez en el que la sensibilidad y el perdón están a la orden del día.

No podemos olvidar que, al final de cuentas, sólo Dios puede tratar eficazmente con el pecado de nuestro cónyuge. Nuestra responsabilidad al respecto se encuentra fundamentalmente en la oración intercesora a su favor confiando en que, en su momento, Dios lo guiará al arrepentimiento y al consecuente cambio. Entretanto, debemos continuar cultivando en nuestras propias vidas una actitud considerada hacia ellos en la que puedan encontrar en nosotros la amabilidad, el afecto, la calidez y el cuidado que deben caracterizar a un cristiano en el matrimonio, con mayor razón si no son creyentes. De este modo es muy posible que se sientan motivados a acercarse al Dios que puede moldear nuestro carácter de una manera tan visible y favorable, que se sobrepone a las circunstancias temporales y se arraiga en lo eterno.

Por: Deisy Guzmán Martín. Comunicadora Social Universidad de La Sabana

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