Viernes, 27 Noviembre 2015 21:26

Nosotros los mayores…ustedes los ancianos

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Vivamos lo que podamos y exhibamos nuestras ganas de poder hacer pues el tiempo llega y se va más rápido: ¿somos…mayores? ¿O… ancianos? ¿O… viejitos?… ¿O…qué de qué? Bendita la vida tan maravillosa que el Señor nos regaló.

Imagínense: todavía viajamos en avión, en tren, en auto, en barco o en canoa o a pie y… siempre llegamos a nuestros destinos. ¿Quién es un anciano? ¿Para qué sirve?

No supe cuándo entré en el túnel irreversible de la senectud pero ayer al afeitarme volví a ver mi rostro en el espejo y dije al rostro: ¡Hola, viejo! Sigues joven, a pesar de los pesares. A mis 75 abriles me siento tan vigoroso como en aquellas épocas cuando trasegaba por los 21 o los 25 o los 30 como fervoroso, fuerte, sólido, arriesgado y muy ético periodista respetuoso de mis mayores y suponía en esos diálogos conmigo mismo que nunca iba a decaer al transitar por los caminos de la senectud porque, pensaba, ella es para los viejos y desconocía el apelativo anciano.

Repasemos el versículo bíblico sobre lo que dijo Moisés: ya tengo 120 años de edad y no puedo seguir siendo su líder.

Supe qué era un anciano cuando en mis esplendorosos 45 fui a conocer las Termas de Caracalla en Roma, monumento histórico y patrimonio de uno de los tantos bienes guardados como secretos de la antigüedad romana. Contaba el guía que las termas albergaban los baños fríos o con agua calentada para contrarrestar el invierno, que nunca es muy fuerte en Roma, y que eran exclusividad del emperador Caracalla.

Este emperador, cuyo nombre era Marco Aurelio Antonino Basiano, gobernó del año 211 al 217 d. C. y se reunía tres o cuatro veces al año con su consejo de 12 sabios, como los llamaba él, y el único invitado, además de los 12 llenos de sabiduría, era su hermano Geta y en un arranque de cólera contra él, el emperador desenvainó su espada y atravesó el cuerpo de Geta en presencia de la viuda madre de ambos. Los ancianos vituperaron al unísono la acción del emperador pero él se arrodilló a pedir perdón por lo que habían visto, no por lo que él había hecho. El emperador era un tirano enérgico, vengativo, orgulloso y violento. Los ancianos eran sus acertados consejeros pero para el fratricidio no los consultó.

Un día, llegó el emperador al salón para su reunión con los 12 ancianos y con la agilidad mental de sus ojos sumó 11. ¿Y dónde está Sebastiano? No lo veo. Un guardia pretoriano se acercó a la oreja del emperador y musitó: está muy viejo y se enferma con frecuencia; hoy tampoco vino… son asuntos de la edad, emperador.

Caracalla miró hacia el fondo del salón donde había una puerta ancha y vieja y dijo al guardia mirándolo con cara de repugnancia y señalando con su índice derecho: ¿ve esa puerta allá al fondo? Es su salida para siempre. Se ha burlado usted de un anciano y solo merece andar arrastrándose por las calles. El guardia fue expulsado para siempre no solo del Palacio sino de Roma y sus vecindades. Caracalla ordenó traer 12 aurigas (esclavos que conducían las bigas, coches de cuatro ruedas de madera halados por dos caballos) para realizar la sesión con los ancianos en la casa de Sebastiano, el ausente. Y así fue.

Las canas de los ancianos

Las canas son una hermosa corona obtenida en los caminos de la justicia. Proverbios 16-31. Desde niño mis padres me enseñaron a respetar a los mayores y, entre la sarta de enseñanzas, cuando tenía 10 años y vivía en Neiva, yo debía dar mi mano a todo anciano(a) para ayudarlo a pasar la calle de un lado a otro.

Hoy no espero que la vida me socorra igual pero sí que la juventud con la que disfruté hasta hace poco cuando era catedrático universitario, me siga amando como si yo fuera padre y consejero, tutor y mentor mayor. Así, mi admiración y respeto por los mayores los seguiré guardando pues pertenezco al equipo de los septuagenarios, bella distinción que el Señor me regala día a día, noche por noche, no solo a mí sino a mi admirada y amada esposa de siempre, Isabel, con quien acerté casarme hace 53 años.

Ahora, con repetida frecuencia insisto a mis compañeros de trabajo en esta revista, que miren mis canas, para reiterar que ellas no solo merecen respeto sino admiración y son ejemplo de vida, son las que obran los milagros de mi vida diaria, pues no son mi audacia, ni mi experiencia, ni mi vigor, ni mis conocimientos.

Estas son arandelas que adornan mi existir pero no la sustancia que me ampara. Pienso ahora como Isaías, ponderado autor bíblico: Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo… Honrar es cuidar al adulto mayor, evitarle sufrimientos.

Escribe Jorge L. Trujillo que hay personas aún dentro de ciertas iglesias, que no es el caso de la reconocida Casa Sobre la Roca, que desprecian a los mayores y los tratan como gente anticuada, pasada de moda, que no saben nada de la realidad moderna que nos rodea. Qué lejos están de la verdad…y aún, de la verdad bíblica. En los 26 años recientes Colombia envejeció lo que a Francia le tomó 115 años.

El informe The Chalenge of Global Aging señala que entre 2015 y 2036, los mayores de 65 años en Colombia pasarán del 6% de la población al 15%, lo que en Estados Unidos tardó 69 años. En 2013, en Colombia, existían 4 millones 964 mil 793 mayores de 60, lo cual corresponde al 10,5% de nuestra población y de ese total, 650.000 sobrepasan los 80.

Al escarbar en mis archivos encuentro esta bella carta de Carlos F. Fernández: Voy a cumplir 100 años y he visto cambiar todo, hasta la posición de los astros, pero el país no ha cambiado mucho. Reformamos la Constitución, vemos muchas leyes inéditas, leemos sobre nuevas guerras cada tres meses, pero seguimos en la época de la colonia. La queja expresada por León XII, tío de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, sigue vigente en un país con más adultos mayores, pero al igual que el naviero garcíamarquiano, las cosas no cambian.

Para los ancianos el país no cambia pues nosotros no cambiamos. De manera que hagamos nuestro este claro principio cristiano: en la vejez piadosa hay sabiduría, entendimiento, solidez, instrucción y experiencia. ¿Para qué más? Eso somos y hacemos los ancianos. ¡Salud, eterna juventud! Te fugaste sin decirnos que te ibas. Pero te fuiste. Te amamos, juventud, te amamos. ¿Cuándo vuelves?

Por: Augusto Calderón Díaz. Director General de la Revista Hechos & Crónicas

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