Jueves, 17 Septiembre 2015 23:26

Adolescencia en familias cristianas ¿Mito o realidad?

La adolescencia ha sido el escudo de batalla para describir y explicar muchos de los problemas que aquejan a nuestros jóvenes y familias. Es más, se ha convertido en una categoría ineludible del hombre contemporáneo; pero ¿qué validez tiene este concepto para la familia cristiana?

Dos posturas se enfrentan de manera franca para responder al tema; en primer lugar, encontramos la postura bíblica y en una lacónica exégesis al texto bíblico se pueden encontrar los conceptos con los que se describe el ciclo vital humano: niño, joven (a quien refiere una característica extra, la mocedad), adulto y anciano. Al otro lado del campo, la psicología, que usualmente transita entre infancia, niñez, pubertad, adolescencia, juventud, adultez temprana, madura y ancianidad; en suma, dos construcciones distintas de los ciclos de la vida humana. Entonces, son solo dos descripciones distintas o ¿están relacionadas con dos visiones diferentes del proceso madurativo de nuestra especie?

Según cifras de Unicef Colombia, la población adolescente en nuestro país en 2012 fue de 8´796.000, la OMS considera que la adolescencia se enmarca típicamente entre los 10 y 19 años, grupo etario de referencia en las estadísticas presentadas. De este grupo poblacional hay una expectativa de desarrollo biopsicosexual y social que en la lógica científica se basa principalmente en la observancia de cambios y trasformaciones que resultan determinando condiciones físicas y psicológicas que acompañarán por un tiempo estable al nuevo adulto.

Hasta este punto todo parece claro; pero hay consecuencias prácticas sociales que han convertido la adolescencia en un periodo de terror para los padres, ¿la razón? Parece que la adolescencia es un cheque en blanco para borrar al niño y construir a un adulto de retazos; es más, parece un lapso donde la sociedad le informa al individuo que ya no debe ser niño, pero tampoco está haciendo algo para ser adulto.

Debemos definir que, en términos psicológicos, la adolescencia no es cosa distinta a la búsqueda de identificación, “ese periodo terrible para los padres” donde el joven determina su filiación política, religiosa, emocional, educativa, sexual y hasta laboral, lo que según el autor Erik Erikson (1902-1994) destacado por su contribución al campo, puede llamarse también la definición de la personalidad.

Todo parece indicar que este lapso no solo es un constructor científico sino que es en verdad un periodo de transición (idea que intentamos desmitificar para las familias cristianas), lo preocupante es que este proceso transitorio no se presenta tan dinámico, explorativo y empoderado; más bien se observa al joven estancado, dogmático y acrítico. Como resultado, se ve un joven conquistado por personalidades ya creadas que el mundo le ofrece con no pocas artimañas, aludiendo a valores que solo el mundo puede alabar como la belleza, el dinero o la anarquía, entre muchos otros. No es raro entonces ver al joven replicar a un amigo, a un líder o a un artista; a esto hemos decidido llamarlo el proceso de “adolescencia idólatra”. No en vano Dios advierte que el niño no necesita algo para entrar al reino de los cielos, pero el joven ya necesita arrepentirse. Mateo 18:3 y Salmos 111:1.

Aunque en algunas versiones de la Biblia aparece el concepto de la adolescencia, preferimos hablar de la mocedad que también es un concepto bíblico. La siguiente diferenciación es el punto central de argumento “contra” la adolescencia: Adolescencia no tiene una raíz etimológica como se menciona popularmente que indique adolecer, aunque esto no es falso en la práctica pues el joven adolece de un modelo de personalidad estable y permanente; en realidad hace referencia a crecer, lat, adolescentem. El hermoso concepto de mocedad es el que debemos usar con nuestros jóvenes cristianos, no hay certeza sobre la etimología del concepto, pero agrada pensar en consonancia con los textos bíblicos que la inspiración de Dios estaba cercana a la raíz lat. Musteus, vino nuevo, fresco, sin fermentar, bello.

No intentamos colocar al texto bíblico en una lucha de lenguas vernáculas. La palabra que traducimos como adolescencia o mocedad tiene la raíz heb. Nehurot el Diccionario Hebreo-Español Shockel propone traducirlo como juventud, ¿qué indica esto?, que no hay adolescencia, hay cambios a la adultez, pero en la escritura Dios no habla a ningún joven como si estuviera en un periodo de adolescente, pues los exige, los exhorta, los usa, los ama y los ve crecer rectamente ¡Jamás muestra a los jóvenes de Dios como extraviados en busca de un sendero en la vida, la sociedad o la cultura, mucho menos como sujetos desprovistos de identidad! No hay transición porque no cambian su lugar en Dios o le cambian el lugar a Dios en su vida; hay madurez porque se aferran a la fe en Él.

La mocedad es una característica de la felicidad de la juventud, que define su soltería y madurez en un ambiente lleno de estabilidad, amor, plenitud y sobretodo de certeza religiosa, emocional, educativa, sexual, política y laboral. Pues su modelo, su identidad, su sentido de adoración es Cristo quien lo invita diariamente a la santidad y al compromiso en todas las áreas de su vida.

Por tanto, no intente convencer a un cerebro de 13 años a seguir un modelo que no tiene para él valor; que un niño sea adolescente (como en el mundo) o joven mozo (como en la Biblia) depende de su formación desde la niñez, y esperamos, pues, que todos sus hijos tengan la semilla de la palabra creciendo desde la tierna cuna para que su personalidad e identidad sea la de Cristo, que crezca y madure cada día en Él. Conviértanse madres y padres en seguidores de Cristo, para que sean modelos para sus hijos; no es falso que los jóvenes con familias disfuncionales son los que más dificultades y dolor viven en este periodo.

Finalmente, es mito la adolescencia en los hogares cristianos, pero una dura realidad en los hogares sin Cristo, ciertamente hay adolescentes “saludables”, pero cada vez, hay más adolescentes que evidencian los grandes problemas de una sociedad (por tanto de una Iglesia) que desamparó el potencial de sus hijos. Entonces, ¡ánimo padres!, tenemos hijos, nietos y sobrinos a quienes contar las buenas nuevas y con quienes hacer la buena obra.

Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que los creyentes vean en ti un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza. 1 Timoteo 4:12.

Foto: 123RF

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