Jueves, 11 Mayo 2017 22:22

¿Por qué no valgo nada?

Muchas veces sentimos que no tenemos valor y nada tenemos para ofrecer. lo importante no es saber qué piensan los demás, sino conocer nuestra verdadera identidad.

Toda mi vida he sentido que no valgo nada y que a nadie le importo. Creo mucho en Dios, por eso le pregunto constantemente ¿por qué no valgo nada? ¿Por qué permites que esté en este mundo? Me siento triste, siento que mi vida no tiene ningún sentido. Cuando alguien se acerca a mí, siento que no soy lo suficientemente buena. Incluso he llegado a situaciones que sé que son inapropiadas con algunos muchachos creyendo que así les voy a gustar, pero nada funciona. Sigo sintiendo que no valgo nada, incluso me siento peor”. El anterior es el relato de una joven de 17 años a Hechos&Crónicas, se trata de un caso más común de lo que se cree.

Para la psicóloga clínica Diana Hernández, “el hecho de sentir que uno no vale nada trae aparejados una serie de sentimientos como enojo, ira, depresión y puede llevar al suicidio”.

Según el informe mundial sobre la salud adolescente Health for the World’s Adolescents, elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), 20% de los niños y adolescentes del planeta sufre de depresión o de alguna enfermedad mental asociada con su valor personal.

Para Álvaro Franco, psiquiatra especializado en niñez y adolescencia, la depresión en adolescentes va en aumento. La principal causa es “la necesidad de ser aceptados por los demás ante los altos estándares de éxito exigidos en los ambientes académicos, familiares y  sociales (se debe tener buenas notas, ser sociable y bello)”.

Y es que las cifras sobre el suicidio en adolescentes colombianos son alarmantes. 359 menores de edad acudieron al suicidio entre enero de 2014 y mayo de 2016, según Medicina Legal. Además, se estima que 66% de los adolescentes han tenido ideas suicidas, aunque no hayan intentado concretarlas.

¿Qué está ocurriendo? “Los jóvenes no conocen cuál es su valor como seres humanos y dejan que sean otros quienes lo determinen (los padres, los amigos, la sociedad), por eso se sienten constantemente frustrados y deprimidos, porque cumplir con estándares ajenos es sumamente difícil por no decir imposible”, afirma Hernández.

¿Quién determina mi valor?

La siguiente reflexión puede aportar claridad sobre tu verdadero valor como persona:

Un discípulo se acercó a su maestro y le dijo: -Maestro, me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. A menudo me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo: -Cuánto lo siento, muchacho pero no puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mí propio problema. Quizá después… -Y haciendo una pausa, agregó: -Si quisieras tú ayudarme a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te podría ayudar.

-Encantado maestro, -aceptó el joven a regañadientes, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien, -continuó el maestro, y quitándose un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda se lo dio al muchacho diciéndole: -Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma de dinero posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio del anillo. Alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones precisas y rechazó la oferta. Abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó. –Maestro, -dijo, -lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.

-Eso que has dicho es muy importante- contestó el maestro. -Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de 58 monedas de oro.

-¿58 monedas? –exclamó el joven. –Sí, -replicó el joyero. -Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente no puedo ofrecer más.

El joven corrió emocionado a casa del maestro. -Siéntate, le dijo el maestro después de escucharlo. -Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera que se te acerca descubra tu verdadero valor? Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

Mi identidad determina mi valor

“Dios te creó. No eres fruto de la casualidad. No estás en este mundo por error. Aun si tus padres te quisieron abortar o te abandonaron, debes saber que eres una creación de Dios, que cuando estabas formándote en el vientre de tu madre, Dios estuvo presente y cumplió su diseño sobre ti. Puedes aceptarte como eres. Todo tu ser fue planeado por Dios; por esto, debes aprender a verte como Dios te ve y a aceptar su plan bueno, agradable y perfecto para tu vida”. Cartilla ‘Yo decido’, de Casa Sobre la Roca.

Neil Anderson, en su libro ‘Victoria sobre la oscuridad’, nos recuerda nuestra identidad. “Somos hijos de Dios, creados a su imagen y justificados por Él, ya que Cristo consumó su obra y nuestra fe está en Él. No servimos a Dios para ganar su aceptación; ya somos aceptados, por eso servimos. Tampoco seguimos a Dios para ser amados; como ya somos amados le seguimos. Esto aclara que lo que hacemos no determina lo que somos, sino lo que somos determina qué hacemos”.

Deja de menospreciarte o de permitir que otros te menosprecien. Quien determina cuánto vales es quién más te conoce: tu creador. Eres una creación admirable, una obra maravillosa. Ámate, respétate, valórate. Si no comienzas tú, nadie más lo hará.

Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos. Salmo 139:13-16.

Por: María Isabel Jaramillo - @MaiaJaramillo

Foto: 123RF

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