Augusto Calderón

Augusto Calderón

Director General de la revista Hechos y Crónicas
Ex Director de las revistas Cromos, Vea, Clase Empresarial (de Legis), de Rotary International para América Latina, ex Director del diario La Prensa, por 4 años fue Cónsul General de Colombia en Roma. Miembro de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de Roma.


Graduado en Relaciones Internacionales (U. Jorge Tadeo Lozano) y en Alta Dirección Empresarial (Inalde, U. de la Sabana).

¿Cuántas veces, tú, vecino mío, te has arrepentido de haber dicho lo que dijiste? Si eres un líder imprudente, archiva tu liderazgo, olvida tus éxitos por venir.

En la anterior edición escribíamos sobre “La prudencia ¿o la imprudencia?” Para completar con un cercano derivado, repasemos algunos sinónimos y antónimos sobre sabiduría y necedad:

El perdón no es barato sino costoso pues requiere aceptar el gasto del pecado del otro.

El perdón no es una emoción sino una oportunidad para descargar sentimientos que pesan sobre nuestras espaldas. Y usted, ¿ya perdonó a su agresor o el agredido ya lo perdonó? Lo primero: es importante perdonar a nuestros agresores aunque estos no hayan venido a pedir nuestro perdón.

Publicamos en las páginas 28, 29 y 30 un relato tan dramático como lo que representa: en México les ha dado a algunos por perseguir a los cristianos-protestantes con pretextos inocuos. A estas horas de la vida, estar en esas, parecería como si estuviéramos en el tablado del teatro de la infamia presenciando, silenciosos, cómo se castiga hasta con la muerte el delito de ser cristiano-protestante. 

Empecemos con Leonardo Da Vinci: En cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia.

Sigamos con Víctor Hugo: Un envidioso es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta.

Y aquí va Francisco de Quevedo: La envidia es flaca y amarilla porque muerde pero no come.

“Al fracaso lo precede la soberbia; a los honores la humildad.” Proverbios 18:12

 Estamos en febrero cuando empiezan a hacer efecto las primeras píldoras de humildad que me regalé en diciembre a mí mismo, una por día, para estos 365 del 2013. Las que he tomado son efectivas pues he mejorado en humildad mientras siento desvanecerse la tragedia del orgullo.

¿Qué es humildad? me preguntó Damaris, una de las alumnas más preguntonas (“aventajadas”) del VIII semestre en Comunicación Social y Periodismo cuando era catedrático en la U. de la Sabana. Zipote pregunta, respondí en público, merece una respuesta igual de zipote. Resumo la respuesta que ofrecí a Damaris. Ella sonrió cuando terminé y sus demás compañeros quedaron sumidos en un silencio soporífero.

 En Salmos 45:4 leemos: “Con majestad cabalga victorioso (el rey) en nombre de la verdad, la justicia y la humildad”. A lo cual agrego: la humildad es para alguien verdadero en lo que hace y en lo que dice, justo de toda justicia y humilde de toda humildad y que merezca recibir en ceremonia estas seis palabras de Salmos 45:5: “caerán las naciones a sus pies”.

Aquí podría cerrar este comentario de la vida pero seguí contándole a Damaris y a los otros 28 estudiantes sobre la majestuosidad de la humildad que, por entonces, para mí era simbólica pero hoy es tan pragmática como una real realidad.

Siguió el debate en clase y abrimos la página del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua para conocer la definición sobre la humildad desde el rincón de un diccionario virtuoso pero simple “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, y en obrar de acuerdo con este conocimiento”.

Pocos pueden compenetrarse con la sabiduría de “humildólogos” como Francisco de Asís, el que hablaba con los pajaritos del monte Abruzo, en centro-Italia, cuando dijo que “quien es humilde vive desde el amor el camino del encuentro con Dios que radicaen la humildad, en ser y sentirnos humus de la tierra madre, enraizando la vida desde ese humus para erguirse con firmeza hacia el cielo.”

Cierto, porque la humildad es un don que Dios otorga no a todos pero quizás a ti sí y a mí ahora también. Agreguemos que tú, señor(a) humilde, debes ser tan fuerte que nadie pueda herirte, tan noble que nadie pueda ofenderte y tan humilde que todos queramos plagiar tu humildad.

Expuesto lo anterior, propongo crear el “Día Mundial de la Humildad” el 1 de enero de cada año (diez de la mañana), iniciándolo a la misma hora del mismo día cuando la magnífica Filarmónica de Viena da inicio a su concierto de Año Nuevo en el también magnífico orgullo de los vieneses, el Schonbrunn Palace, adornado por las nieves de enero.

Hay razón en Prov. 22:4: “Recompensa de la humildad y del temor del Señor son las riquezas, la honra y la vida”. Suficiente, ¿verdad, Damaris? Seamos humildes pues con el orgullo viene el oprobio pero con la humildad recibimos mucho más que sabiduría: recibimos los honores que Dios nos envía.

La Navidad en Colombia es derivada de una tradición andaluza que a su vez provino de la Roma imperial. En Colombia ha servido para la unión familiar.

María Mercedes me envió estos párrafos al recordar el asunto de los 50: ya llegas a los 50, cuídate de todo, de todos y de todas. Estás en tus bodas de oro cuando escribir es arrugarse y se apereza el espíritu en el incontenible declinar de la existencia. O es la “liquidación total de la existencia” como reza un letrero en una tienda de la Calle Real de Madrid.

Hemos vivido azorados durante estas semanas por el diluvio que nos embarga. Según el presidente Santos, las cifras preliminares cuantifican en 250.000 las hectáreas perdidas para cultivos y ganados, entre aguas y fangales han sobrevivido 330 mil familias, es decir, más de dos millones de seres humanos en la inopia y agobiados, sin tener en donde dormir ni poner los pies, ni cómo alimentarse ni abrigarse, y entre ellos, setecientos mil niños “caminando” por entre las aguas a veces putrefactas.

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Este medio impreso cuenta con el respaldo de la iglesia Casa Sobre la Roca.

 

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