Viernes, 01 Enero 2016 15:17

Luz de gozo en el corazón

Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón. Salmo 37:4. Para los creyentes sinceros, las maravillas son hechos reconocidos, pero para el mundo incrédulo parecen asuntos muy extraños.

La vida del creyente es descrita como un deleite en el Señor. Así se nos confirma la gran verdad de Dios, que la religión verdadera rebosa de gozo y de felicidad. Los hombres impíos y los que simplemente profesan con los labios, no ven nunca a la religión como algo lleno de deleite. Para ellos la religión es únicamente servicio, deber o necesidad; no puede ser placentera ni deleitable.

¿Por qué tienen que ir a la Casa del Señor? ¿No es debido a una costumbre que evitarían de buen grado si pudieran? ¿Por qué siguen las ordenanzas de la Iglesia? ¿Acaso no es por una esperanza farisaica de acumular méritos o por un temor supersticioso? ¿Cuántos no ven a la religión como un amuleto que permite escapar de las enfermedades, o como un mal menor que ofrece una vía de escape al temible juicio? Para ellos el servicio es siempre monótono y la adoración produce fatiga. Pregunta a quienes pertenecen al mundo su opinión acerca de la religión: a pesar de que practican sus ritos externos, consideran que todo es deprimente y aburrido: “¡qué pesado es todo eso!”

Aman la religión del mismo modo que el burro ama su trabajo, o el caballo el látigo, o el prisionero sus trabajos forzados. Exigen sermones cortos y sería mejor si no se predicara ninguno. Con cuánta alegría no reducirían las horas del domingo. Ciertamente ellos preferirían que el Día de Señor se guardase una vez al mes. La necesidad gravosa de costumbres piadosas pesa sobre ellos como el tributo que paga una provincia conquistada. Desarrollan su práctica de la religión de la misma manera que pagan impuestos o las cuotas de una autopista: lo hacen por costumbre.

No saben lo que es una ofrenda voluntaria ni tampoco pueden entender el amor lleno de gozo que produce la comunión de los santos. Sirven a Dios de la manera que Caín lo hizo, quien trajo su ofrenda, es cierto, pero la trajo tardíamente; la trajo porque era costumbre de familia y no iba a permitir que su hermano lo superara; la trajo del fruto común de la tierra y con un sombrío corazón sin amor. Los Caínes de hoy ofrecen las ofrendas que se ven forzados a traer, y no mezclan la fe en la sangre de Jesús con lo que traen. Vienen como con pies de plomo a la Casa de Dios, y se van tan rápidamente como si tuvieran pies de plumas. Sirven a Dios, pero lo hacen porque esperan obtener algún beneficio o porque no se atreven a no servirle.

Ah, pero los creyentes que conocen a Cristo entienden que el deleite y la fe están casados de tan bendita manera que las puertas del infierno no pueden prevalecer para divorciarlos. Los que aman a Dios con todo su corazón, encuentran que Sus caminos son agradables y Sus vías son de paz. Los santos descubren en su Señor tal gozo, tales desbordantes deleites, tal sobreabundante bendición, que lejos de servirle por costumbre, quieren seguirle aunque el mundo entero rechace Su nombre como algo pernicioso. El temor de Dios no es compulsión. Nuestra fe no es una cadena. Nuestra profesión no es una prisión. No somos arrastrados a la santidad, ni forzados a cumplir con el deber. No, señores, nuestra religión es nuestro recreo. Nuestra esperanza es nuestra felicidad, nuestro deber es nuestro deleite.

Por: Charles Haddon Spurgeon, (1834 - 1892) fue un pastor bautista británico conocido como el “Príncipe de los Predicadores”. A lo largo de su vida, evangelizó alrededor de 10 millones de personas.

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